l camelio de Casa Felisa, el jardín del hotel Costa Vella o la terraza del San Miguel... Espacios con encanto compostelanos que en su mayoría permanecían ocultos hace años y que ahora se descubren para demostrar que no solo Andalucía tiene en sus inmuebles patios interiores que parecen sacados de una postal. Como Belvís, ese maravilloso pulmón de Santiago recuperado hace una década en una de las mejores inversiones que el Consorcio pudo haber hecho en la ciudad.
Lo recuerdo hace mucho tiempo, cuando era estudiante y ya vivía en la parte trasera de Belvís. Aunque se atajaba para ir a la facultad, los mayores no nos dejaban atravesar el abandonado jardín porque, al pie de la letra, estaba «lleno de drogadictos que os pueden violar». A veces desobedecíamos la orden y bajábamos por el callejón de As Trompas muertas de miedo, a toda prisa, escuchando a nuestras espaldas inquietantes pasos que no existían...
Lo mismo que esos patios y huertas que han salido del armario, hoy Belvís es un orgullo compostelano para pasear, estudiar, dormitar, admirar o simplemente dejar pasar el tiempo. O dejar que retroceda, como hice en la mañana de ayer cuando, junto al muro del seminario vi brotar, un año más, las fresas silvestres. Nunca faltan a la cita, como no lo hacían cuando era niña y recorría la huerta de Negreira de la mano de mi abuelo en busca de los caprichosos amorodos. Cada vez que aparecía uno era como encontrar un tesoro que sabía a gloria. Pero aquello fue hace mucho; yo era muy pequeña y la huerta muy grande, parecía una selva. Y mi abuelo era Indiana Jones.