Los sintecho

Mario Beramendi AL CONTADO

SANTIAGO

En el año 1980, el que fuera presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan, decidió retirar la ayuda federal con la que se financiaban gran parte de los servicios públicos municipales. Solo en la ciudad de Nueva York, cientos de pacientes de los psiquiátricos fueron privados de asistencia. Y en muy poco tiempo, los enfermos mentales se convirtieron en personas sintecho que vagabundeaban por las calles. En 1980, el presupuesto federal financiaba el 22 % de los servicios municipales. Y al final de la era Reagan, la proporción era de apenas el 6 %.

Han transcurrido más de tres décadas y el debate de los homeless al otro lado del océano está de plena actualidad. Las urbes estadounidenses acostumbran a exhibir su miseria sin pudor quizás porque así resulta más atractivo el contraste. Lo limpio siempre brilla más al lado de la mugre. Pero Nueva York es, con diferencia, la máxima expresión de esta decadencia.

Hace más de dos años, abanderando una nueva izquierda y con la promesa de acabar con la brecha entre ricos y pobres, el demócrata Bill de Blasio se hizo con la alcaldía. Y transcurrido el ecuador de su mandato, las cifras de los sintecho se han disparado. A ello ha contribuido el impacto de la recesión del 2008, el estancamiento de los salarios en los hogares pobres y un mercado de la vivienda enloquecido y desregulado, que expulsa a la gente. Las cifras asustan: solo un sábado en la ciudad de Nueva York duermen sesenta mil personas en los albergues. En Santiago tenemos tres indigentes alcoholizados en permanente desafío, y para el Concello parece que son diez mil.