Santiago se lo debe todo a que en el siglo IX un ermitaño llamado Paio halló un sepulcro que, más allá de verdades históricas y de creencias personales, se dictaminó que albergaba los restos del Apóstol Santiago. El rey Alfonso II el Casto ordenó edificar un templo sobre aquella tumba que fue el origen de la magnífica Catedral que ha sido siempre el epicentro de la ciudad, el mayor tesoro cultural de Galicia y un icono mundial gracias al Camino y a las peregrinaciones de millones de personas a lo largo de los siglos. De esa catedral vivimos todos, porque el movimiento que genera permite una actividad que sin ella no existiría. Esto es muy evidente en lo que afecta a bares, restaurantes y hoteles, pero es extensible a todo el sector servicios, que supone el 85 % de la economía local y que no facturaría ni la mitad sin un centro de interés de la magnitud del templo que nos sitúa como la tercera ciudad santa de la Cristiandad en una evocadora terna junto a Roma y Jerusalén.
Muchos piensan que sin la Catedral, sin la inventio -en latín, hallazgo o invención, para gustos- del sepulcro del Apóstol no seríamos nada. Que ni habría una ciudad en Compostela. Pero de haberla, jamás habría pasado de ser una villa. Es la imponente basílica la que hace crecer la urbe hasta lo que es y es su simbolismo el que hizo que Santiago fuese declarada capital de Galicia. Sin la Catedral, ese privilegio habría recaído probablemente en A Coruña. Así que todos los funcionarios de la Xunta que trabajan en la ciudad también están aquí por la Catedral.
Somos lo que somos. La Catedral es un centro religioso, un templo, pero es mucho más que eso. Es una fascinante exhibición de historia, cultura y arte. Por eso en Compostela son muchos los que no entienden el desdén con el que el alcalde, Martiño Noriega, trata siempre todo lo que tiene que ver con nuestro mayor símbolo. Él alega que es ateo y eso, sin duda alguna, es tan respetable como tener cualquier creencia religiosa, cristiana o no, pero debería entender el regidor que no remar a favor en todo lo que tenga que ver con el Apóstol, la Catedral o el Camino es tirar piedras contra nuestro propio tejado. Es evidente que Noriega se ha equivocado en este asunto. Y es evidente que él mismo se ha dado cuenta. De ahí que el día 24 acudiese en visita oficial al Belén que su gobierno local decidió trasladar desde su ubicación lógica y habitual, el Obradoiro, hasta el interior de la iglesia de San Fiz. Ahí está oculto y exiliado el mayor símbolo de la Navidad. Esa visita, con convocatoria de todos los medios para asegurarse la foto, es también un símbolo. Quizás en Raxoi han entendido ya que la Catedral y su promoción es mucho más que un asunto religioso.