No pudo coronarse, pero el Lobelle conquistó Logroño. Se ganó el cariño de la afición riojana por su entrega, su capacidad de lucha, su valentía, su coraje y su frescura. Un equipo plagado de chavales, con una amplia representación de la cantera, fue capaz de plantar cara al todopoderoso Barcelona. Y consiguió que la hinchada local celebrase sus goles como si fueran los de su equipo.
En el deporte, los pequeños detalles suelen marcar la frontera entre el éxito y el olvido. Precisamente, conviene no olvidar que el colectivo santiagués se clasificó para la Copa con un empate agónico en Pamplona. Y accedió a semifinales en la tanda de penaltis. Pero se merecía estar en la final. Y le faltó muy poco para firmar una gesta colosal.
En todo caso, su actuación frente al Barça fue portentosa y le valdrá para proyectar esa imagen y esas señas de identidad a las que tantas veces se ha referido el entrenador, Tomás de Dios. Por encima de todo, el Lobelle es un club y un equipo inconformista. Lleva nueve años compitiendo al más alto nivel y este curso no es una excepción, pese a ver como emigraban sus nombres más rutilantes.