«O Pataca é para moitos como a sala de estar da súa casa»

Mario Beramendi Álvarez
mario beramendi SANTIAGIO / LA VOZ

SANTIAGO

19 sep 2011 . Actualizado a las 06:00 h.

Como la última rama en medio de un vendaval, el Pataca se resiste a los cambios que impone el paso del tiempo. Por eso, por ser tan testarudo, sigue más vivo que nunca. Mientras la hostelería se pinta de colores y se reinventa, con bebidas que parecen ensaladas, el Pataca nos muestra su calendario en la pared, la madera de los viejos figones y el inconfundible aroma del guiso que ha inmortalizado desde hace más de 60 años. Y es esa gran olla gigante, donde se cocinan las patatas que se sirven de tapa, la que ha enterrado el nombre comercial del recinto, registrado como Bar Negreira.

Allí está siempre Juan Iglesias Otero, y su mujer Isabel Becerra, como quien resguarda un tesoro. Cuando pasa la hora de los vinos, cierran la puerta de madera y, al fondo, en una mesa, comen con el resto de la familia. Quizás ya no queden bares así, sin un televisor y donde se sirve el vermú con sifón.

«O bum do tasqueo empezou no 65 e durou ate principios dos oitenta; entón no había onde ir e a taberna era un sitio de reunión social; o Pataca é para moitos aínda hoxe como a sala de estar da súa casa», rememora el propietario. Juan todavía recuerda 1963, cuando trabajaba como botones en el Hostal, y 1965, que fue Año Santo. «Foi cando veu a minifalda», dice entre risas.

Después de tantos años abierto, el gran legado del Pataca es su interminable glosario de anécdotas. Una de las más célebres es la que vincula al bar con el actor norteamericano Ben Gazzara, que a comienzos de los ochenta estuvo en A Coruña por un festival de cine. En su visita a Santiago, sin saber cómo ni por qué, acabó en el bar con los organizadores del certamen. Entonces, la suegra de Juan, que por entonces estaba en la cocina, se dio cuenta de que devoraba las tapas de patata guisada. Y siguió sirviéndole.

«Cando marcharon de aquí», relata Juan, «invitáronno a certo restaurante a tomar unha mariscada, e nin a probou». Ya en el aeropuerto, a Ben Gazzara le preguntaron qué es lo que más le había gustado de Santiago. Y su respuesta fue contundente, las patatas de aquel bar.

De confianza

Casi todos los viernes, hacia la medianoche, Juan cierra las puertas de su local. Ya dentro, con amigos, con la clientela de confianza, se reúne a cenar y tomar unos vinos. Con frecuencia, desde la calle se oyen algunos cantos. Y el sonido de una guitarra. «Non é de ninguén: sempre está ahí para cando alguén a quere tocar», recuerda.

Muchos son los que se preguntan por qué el Pataca no hace alguna reforma del local sin que pierda su personalidad. «Non é fácil por razóns urbanísticas, pero eu o teño claro: jaula nueva, pájaro muerto».

Gran parte de los locales históricos de la ciudad, vinculados a la hostelería o al comercio, se enfrentan a su gran amenaza: la falta de un relevo generacional. Juan asegura que ninguno de sus hijos se hará cargo del negocio, pero quién sabe lo que hará su nieto. «Parece que lle gusta», presagia con ironía.

Entre lo cambios que más ha notado en la ciudad durante las últimas décadas señala al estudiantado universitario. El Pataca fue en su día una casa de comidas. Y cree que aquel ambiente de jóvenes de toda Galicia, que pasaban cinco o seis años, no volverá a vivirse. También el turismo ha sufrido un bum, sostiene. Y para él, Compostela es un destino irremplazable. «O outro día estivo aquí un señor de Granada que ven sempre a Santiago a pasar dous ou tres días para aliviar as tensións do traballo. Faino cada ano, e cando marcha, volve curado».