Una mesa. Y un mantel. Un humilde mantel blanco. De la hostelería proletaria. De papel. Dos comensales eligen menú. «Está muy bueno aquí el fideuá», comenta uno. «¿De primer plato o de segundo?», pregunta el otro. «De primero», es la respuesta. Después, hamburguesas «para la dieta». Visitan a los Estopa . Uno de ellos es un jugador de fútbol del Barça. Y acompaña la rumba improvisada. Pero no toca los bongos con la rítmica naturalidad de Ronaldinho. Los golpea con timidez. Y canta frases sueltas del estribillo. Es Iniesta.
Otra mesa. Esta, más familiar. Con padre y hermanos. Con el progenitor desgranando las virtudes de su hijo, también futbolista culé, pero en ese momento más rojo que azulgrana debido a la insistencia en los halagos paternos. Dice que la familia es como un cable que le mantiene unido a la realidad. Es Xavi.
Otra mesa. La de un futbolín. Donde Xavi sabe jugar. Donde ha batallado con sus colegas. Donde se olvidan los grandes estadios.
Una entrevista a dos toques. Xavi e Iniesta. El catalán pone en palabras su odio hacia las comparaciones, las pasadas (Guardiola) y las presentes (Iniesta). Y, sin modestia teatral, reconoce que Iniesta es un jugador mejor que él, más evolucionado.
Y, en el fondo del baúl de las tomas falsas de este documental, un detalle que lo condensa todo. Una señora se dirige a Iniesta en plena calle y le pregunta dónde hay una panadería. Él le da indicaciones, en ausencia total de fama y glamur. Cuesta imaginar que alguien se acerque con esa inquietud a aquel Samuel Eto'o insolente de traje y sombrero blancos o a este Cristiano Ronaldo de camisas prietas y pendientes deslumbrantes, barroco dentro y fuera del campo.
Xavi e Iniesta. Oxígeno en la cima del fútbol. Esos otros locos bajitos de Serrat. Que alguna vez también se sientan ante un mantel de blanco papel.