El Lobelle está ante la segunda final de Copa de su historia, y esta vez al calor de una afición que empujó e insufló fuerza como nunca para dejar al poderosísimo Inter Movistar en la cuneta, como ya hiciese en Vigo hace un mes, en la Supercopa.
Quizás sea todavía mayor el valor de la victoria conseguida ayer, porque el rival venía con otra cara, más metido en la competición y con todo su arsenal.
Por potencial deportivo y por presupuesto, el Lobelle apenas tendría chance. La máquina verde empezó con un cinco inicial integrado por cuatro campeones del mundo con Brasil y el considerado mejor portero del mundo, Luis Amado. Y cuando empezaron las rotaciones siempre entraron jugadores internacionales, con España o con la canarinha. Entre los recambios santiagueses asoman la insolencia y el atrevimiento de un plantel integrado, en un cincuenta por ciento, por sub 23.
Buen comienzo
El partido se le puso muy pronto de cara al colectivo de Tomás de Dios, porque a los dos minutos encontró el gol de la fe, la del equipo y la de Leitao. David porfió por un balón aparentemente intrascendente, lo prolongó hacia el área de Luis Amado y el pívot metió la puntita de la bota. El rebote le favoreció y, solo, empujó a la red.
El Lobelle tuvo la gran virtud de saber jugar en función del marcador y de sus recursos. Apretó los dientes en defensa, buscó las anticipaciones, no dejó que el Inter pudiese combinar con comodidad y, en cuanto se le presentó la oportunidad, enseñó los dientes en ataque, bien con transiciones rápidas originadas en algún robo de balón, bien cogiendo la escuadra y el cartabón para hacer planimetría en el rectángulo de juego.
El conjunto santiagués tenía la iniciativa en el marcador. El rival, sin embargo, controlaba el juego. La posesión del esférico era suya, cada vez defendía más arriba y apenas dejaba que el Lobelle pasase del medio campo.
No obstante, era un dominio infructuoso. Amagaba más que pegaba, y en todo caso estaba bajo los palos un Carlos Barrón muy sobrio que paraba todo lo que le llegaba. Así se fueron consumiendo los minutos, con tensión e incertidumbre, pero más por lo ajustado del marcador que por el juego.
El Lobelle tenía el partido donde quería, porque obligaba al Inter Movistar a correr, sobre todo para atrás. Y parece que los años le empiezan a pesar a los verdes. Marquinho apenas dipuso de minutos, Schumacher se movió al ralentí, Daniel ya no tiene tanto peso en el juego... Solo con la calidad individual ya no le basta.
Tras el descanso el Lobelle salió con la intención de, al menos, equilibrar el tiempo de posesión del balón. Y lo consiguió.
Paradójicamente, en esa dinámica llegaron las mejores ocasiones del Inter Movistar, en un clásico giro de espaldas de Betão (Barrón estuvo magistral) y en un chut que Gabriel estrelló en el travesaño.
El Lobelle siguió a lo suyo, con muchísima seriedad. Y también perdonó alguna oportunidad muy clara, como la que se le escapó a Alemao casi en boca de gol.
Punto de inflexión
El partido vivió un punto de inflexión en el minuto 35. Betão reclamó falta a un par de metros del área. Eka salió como una flecha, se apoyó en Rubi y el canterano, como si fuese un veterano, supo aguantar el momento justo para devolverle el balón al pívot brasileño, que fusiló.
Jesús Candelas ubicó inmediatamente a Schumacher como portero jugador, y el Lobelle sacó el manual para no dejar huecos. En el minuto 37, con Luis Amado bajo palos, el equipo santiagués trenzó una extraordinaria y veloz salida de la presión. Alemao le regaló medio gol a Rafael.
La afición, que no dejó de animar y alentar durante todo el encuentro, subió los decibelios e incluso se atrevió con la ola porque el Inter Movistar no transmitía excesivo convencimiento. Acortó distancias con algo más de un minuto por jugar, pero la reacción no pasó de ahí.
Falta el último paso, el más difícil. La final de esta tarde, a las 16.45, estará envuelta en el aroma de la revancha ya que el Elpozo Murcia pasó por encima del Barcelona, al que endosó un 7-1 un tanto excesivo.