Lo excepcional deja de serlo cuando se convierte en habitual. Y el Obradoiro ha conseguido las suficientes gestas como para dejar de pensar en la casualidad, la fortuna o los milagros. La última, ayer, en un Multiusos, siempre con el ánimo encendido pero que asiste a cada cita como a una fiesta, sin más exigencia que la pura diversión y el espectáculo.
Ganar es posible cuando se cree. Y el Obradoiro cree. Aunque enfrente se tope con un potencial que multiplica por siete su presupuesto, con un rival invicto en la ACB y cuyas miras apuntan al trono europeo.
Sin uno de sus norteamericanos (Jackson), con el segundo (Terry) tratando de encontrar su sitio y con varios tocados. Así fraguó su gesta el Obradoiro, desde la defensa y el sufrimiento, con la virtud de transformar su enfrentamiento contra un rival plagado de estrellas en un duelo contra Bullock. Reducir al Madrid del colectivista Messina a la amenaza del brillante escolta norteamericano es en sí mismo un triunfo, y una derrota para uno de los técnicos más laureados de Europa, incapaz de encontrar otra respuesta que no fuera un carrusel de cambios más fruto del impulso emocional que de la reflexión.
En su hasta esta temporada única aventura en la élite, el Obradoiro cayó apabullado en el viejo Sar contra el Real Madrid (75-125). Veintisiete años después, un modesto proyecto confeccionado a contrarreloj, con unos cuantos jornaleros con el deseo de reivindicarse, derrotó a una constelación de estrellas, al líder de la ACB.
Con Hettsheimer, un jugador cedido por un club de la LEB Oro que se adueñó de los tableros, con los oportunos triples de Manzano (menos de 800 minutos en la ACB) o con los robos de balón al borde de la asfixia del tocado Stanic. Y con el dueño de los momentos de la verdad, Kostas Vasileieadis, corazón griego y termómetro de un Obradoiro que ayer levantó una (otra) pieza épica.