El aeropuerto compostelano atrae quejas como pocos

X. M. Cambeiro

SANTIAGO

¿Por qué Pepa Fernández tiene que quitarse el calzado en Lavacolla si no le pita el detector ni tiene cara de camella?

05 abr 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

El aeropuerto de Lavacolla está sufriendo en sus carnes la crisis, como otros, y registra un descenso en las cifras que sigue un camino inverso al andado a zancadas hasta principios del pasado año, y con alguna compañía foránea que nutre a Santiago de pasajeros en mayor medida que las demás.

Pero en lo que sí se está encaramando a los primeros puestos de la tabla el aeropuerto compostelano es en el número de quejas que los usuarios dejan impresas en los papeles oficiales de Aena. Un informe emitido por el Gobierno así lo refleja. Son datos del año 2007, pero ilustrativos de un esmero en la atención al cliente del transporte aéreo que está por debajo del de una treintena de aeropuertos españoles, si se contabiliza el número de cabezas por queja dirigida a Aena.

A primera vista una reclamación por cada 16.000 viajeros parece una cifra nimia, pero una vez situada en el ránking global esa nimiedad adquiere cierta enjundia. A nadie le gusta que esa clase de laureles coronen su frente, aunque esa frente sea una arrugada terminal que está a punto de ser trasplantada en una operación que recuerda mucho a las que figuran en las listas de espera de la sanidad pública.

Es preciso aguardar a la estadística del 2008 para verificar si la gráfica aeroportuaria es más saludable o si los usuarios visitaron con más asiduidad a los recolectores de quejas. Lo sabremos si otro diputado, como hizo Ignacio Burgos, formula una pregunta parlamentaria sobre los fallos en las instalaciones aéreas. Esa vez será Luis Rey Pomar, y no Juan José Maceira, quien le ponga cara a la nueva lista de quejas.

Por lo de pronto, Rey Pomar ya tiene alguna inquietante sobre la mesa. Una lleva la rúbrica de la popular periodista radiofónica Pepa Fernández, a la que Lavacolla volvió destemplada el pasado mes. Y ello, la verdad, no cuadra en absoluto con el suave tono que le transportan las ondas. Es de esas voces que parecen moldeadas en una dulcería monástica, como la de Eva Millán, y que encantan a la audiencia por su timbre agradable.

Pues en Lavacolla no sonó así. A Pepa la obligaron a desnudarse en el aeropuerto del tobillo para abajo. En realidad, desde algo más arriba, puesto que llevaba botas. Y eso escuece un poco en los adentros, tanto como para presentar una reclamación por exceso de celo y posible ilegalidad, ya que no hubo pitidos delatores.

¿Es necesario ese despelote de pies a un viajero que, si la desgracia le acompaña, exhibe el dedo gordo entre la tela de sus calcetines o las uñas de dos meses? Habrá división de opiniones, partidarios y detractores de este tipo de medidas profilácticas. Lo seguro es que al elegido por los guardias se le borrará la sonrisa durante un buen rato. Son exigencias del guión. El propio Luis Rey Pumar le comunicó a la locutora que la intensificación de controles vigente desde el pasado verano obliga a estas despernadas. Es decir, que hay sustancias raras que no emiten pitidos. Tampoco el olor a cabrales. Pero el calzador sí se detecta, al contrario del cepillo de dientes.

A Pepa le acompañó la cara de póker de José María Íñigo, que unas horas antes sufrió un sonoro encontronazo contra las losas de la plaza do Obradoiro debido a un tirón violento que sufrió cuando manejaba una cámara de fotos que ni siquiera era suya. La fortuna, o la calidad de sus huesos, le sonrieron. Está claro que cuando vienen, vienen juntas, y Lavacolla contribuyó a ese hado.

Es probable que las exigencias de seguridad no deriven de ningún capricho, pero luego las estadísticas se encargan de colocar a Santiago por encima de decenas de aeropuertos en lo que atañe al bullicio de las oficinas de quejas. ¿Pero quién le ha visto cara de ogra o camella a Fernández? Le cayó la china en sus zapatos.