Derretidos por el chocolate

Lucía Sixto

SANTIAGO

Las nuevas generaciones de maestros chocolateros recuperan una tradición que dejó su huella en los obradoiros artesanos

26 ago 2007 . Actualizado a las 02:00 h.

Quién les iba a decir a los chamanes del Nuevo Mundo que la amarga pasta de cacao que ingerían primitivamente se convertiría en uno de los alimentos más preciados por el grueso de la humanidad. El chocolate ha hecho mella en las diferentes culturas endulzando las vidas de pequeños y mayores, creando una tradición de escuela en más de una decena de lugares. Compostela también presenta las huellas de un pasado muy dulce y muy chocolatero, que en el último año ha recuperado parte de su tradición.

Muchos mayores recuerdan la antigua casa de chocolates de la rúa Cardenal Payá, que molía artesanalmente las semillas de cacao sobre la piedra semicircular. Tampoco se habrán olvidado los los más golosos de los estantes repletos de dulces de Chocolates Compostela, en la rúa das Ánimas, que en los años 60 contribuyó a que lo que había sido un artículo de lujo se convirtiera en algo asequible para todos. El actual café Metate está ubicado hoy en día en el antiguo obradoiro del Ultramarinos Vázquez, también famoso por su especialización en chocolates, cafés y cascarilla, sustituta de los anteriores en las economías menos desahogadas. La antigua fábrica de chocolates Raposo todavía conserva los letreros de su antiguo local de la Rúa das Orfas, después de más de un siglo de actividad, cerraba sus puertas en el 2004, dejando un aroma a nostalgia en las calles.

Los compostelanos mayores de 50 años recuerdan que aquellos tiempos no fueron precisamente dulces, pero, sin embargo, todos tienen en mente momentos de degustación en fiestas y celebraciones especiales que llenaron de sazón algún que otro sinsabor del pasado. En comuniones y fiestas de guardar las masas populares accedían al alimento que los antiguos aztecas denominaron teobromo, cuya traducción significa «alimento de los dioses». Pero lo cierto es que, pese a los tiempos de necesidades que corrían, Santiago concentró en su momento un buen número de obradoiros chocolateros que crearon escuela. Las huellas del chocolate se dejan entrever en el extenso legado conservado en las cerámicas, a través de las chocolateras, y también en algún que otro vestigio arquitectónico. La majestuosa Catedral también ha reservado su espacio para el alimento, ya que uno de los habitáculos contiguos a los vestuarios aún se conoce entre los catedralicios como «salita del Chocolate».

Las nuevas generaciones

Los más nostálgicos han acudido a la franquicia de la catalana Chocolat Factory del Toural preguntando si se trataba de la renovación de la antigua Raposo. Sin embargo, la propuesta que un día vio la luz de la mano del ex arquitecto Michel Laline y su mujer Titus Ruiz presenta un lenguaje mucho más innovador. Aún así no faltan sugerencias para personalizar la chocolatería al más puro estilo compostelano. «Nos dicen que sólo nos faltan unas mesas y unos churros par degustar el chocolate», afirman las encargadas, Merche Ruibal y Sandra Blanco. Desde los típicos bombones hasta las exóticas plantas realizadas enteramente en chocolate, componen una de las ofertas más exquisitas del maestro chocolatero.

También recupera la tradición chocolatera una de las sagas reposteras con más nombre de Santiago. En el nuevo local de la rúa do Vilar Mercedes Mora propone desde hace meses una tienda en la que conviven la repostería y una bombonería que renueva el concepto del chocolate autóctono. Geles de baño, licores y cremas elaboradas a base de chocolate recuperan el vestigio de los antiguos obradoiros artesanos de cacao. Todo un sabor que sobrevive al tiempo y a los paladares más exigentes.