Análisis | Punto y seguido en un proceso interminable El sistema judicial debe tomar nota de los fallos que han provocado que un asunto se prolongue durante quince años
05 abr 2006 . Actualizado a las 07:00 h.DOBLE MÉRITO. La sala que preside Ángel Pantín ha conseguido enderezar, no con poco esfuerzo, un proceso que nació torcido. ?l denominado caso Pastor, en el que la sala compostelana de la Audiencia ha escrito un punto y seguido con las condenas impuestas a José Rodríguez Casal y -en menor medida- a Juan Manuel Pintos Sanmartín, pasará sin duda a los anales de la historia. Y será para mal. Pasarán los años y, en la facultad de Derecho, se seguirá hablando del caso Pastor como ejemplo de asunto denso, pesado, casi eterno, evidencia clara de que la Justicia todavía está lejos de ser rápida. El fallo que castiga a Pepe con ocho años de cárcel que no cumplirá y con más de ocho millones de euros que no pagará es una buena muestra de que, en materia judicial, hay cosas que son así y punto, no importa que la gente de la calle no las entienda y da lo mismo si para cerrar un asunto hay que invertir una cantidad de recursos humanos y materiales inmensa. La página 36 de la sentencia que firman Ángel Pantín, José Ramón Sánchez Herrero y Antonio Pillado contiene un párrafo ilustrativo de lo que ha sido todo este berenjenal motivado por la banca paralela de Pepe, un hombre tranquilo a quien su condena no le ha cambiado ni el gesto ni la vida. Dice el texto judicial: «El presente es un proceso que ha sufrido una instrucción dilatada, que ha dado lugar a quince tomos, a los que habría que añadir varias piezas auxiliares y dos armarios llenos de más de sesenta carpetas, lo que implica un volumen ingente de documentación». La primera explicación que dan los magistrados a semejante tonelaje de papel es la propia actividad desarrollada por los acusados y, en concreto, por José Rodríguez Casal a lo largo de los más de quince años que estuvo al frente de la sucursal 1 del Banco Pastor en Santiago. Y eso es así, pero hay otras circunstancias que no se recogen en el documento final y que convendría tener en cuenta, más que nada, para evitar que se repitan. Porque los quince años y quince tomos de papel son el resultado también de una época en la que la Justicia, como las cosas de Palacio, iba despacio hasta la desesperación. La sentencia no lo pone, pero quienes durante estos años han seguido el asunto del chiringuito financiero de Pepe saben que el caso Pastor se enquistó en un juzgado determinado: el número 1 de Santiago, en la época del juez Echenique. Fuera por falta de ganas o por falta de recursos, los primeros momentos de la instrucción sirvieron de poco y, de aquellos polvos vienen estos lodos. La sentencia no lo dice, pero conviene recordar que en el año 2000, nueve años después de que estallara el escándalo, la dilación de la instrucción fue denunciada ante el Consejo General del Poder Judicial. Se habló de «dilación impropia de un Estado de Derecho»; de «atentado contra la economía personal» de los perjudicados; de «lo que no debe ser el derecho a una tutela judicial efectiva». Con estos antecedentes, es doblemente meritorio el esfuerzo que han hecho Pantín, Sánchez Herrero y Pillado por cerrar de una vez esta antología del despropósito.