ENTRE LÍNEAS | O |
01 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.UNA DE las paradojas del capitalismo es que el valor de las cosas puede resultar a veces de lo más arbitrario. Con lo que cuesta un kilo de azafrán o de caviar podría alimentarse una familia numerosa durante un mes, y cada gol de Ronaldo le cuesta a su equipo casi lo mismo que a la Xunta un kilómetro de carretera. Comparaciones que provocan cierta mala leche e invitan a la demagogia. Pero también existen ejemplos que demuestran lo contrario, que lo que hasta hace bien poco era privilegio de ricos se ha convertido, por las leyes del mercado, en un bien de consumo masivo. Piensen en los ordenadores, por ejemplo, o en los teléfonos móviles. O en los billetes de avión. Hasta hace nada, Londres era para los compostelanos un destino lejano, que obligaba a hacer escala en Madrid y, por supuesto, a pagar por el viaje una cantidad poco o nada razonable. Hasta que llegó Ryanair y demostró que una compañía aérea puede ser rentable y ganar dinero sin cobrar más de lo necesario. Hoy, cualquier santiagués puede pasar un fin de semana en Londres, o en Roma, o en Fráncfort pagando menos de lo que cuesta el peaje de la autopista a Vigo o el tren a Madrid. ¿Cómo es eso posible? Muy fácil: es el efecto de la mano invisible que mueve el mercado. O también puede ser que, hasta ahora, alguien se estuviera forrando a nuestra costa.