EL TINTERO | O |
02 ago 2005 . Actualizado a las 07:00 h.A LAS tres de la tarde, con un calor que solazaba, Ángel Domínguez se detuvo ante un coche, se secó la frente y le ofreció un paquete de pañuelos de papel al conductor de un vehículo detenido ante la rotonda de San Caetano: el hombre cogió su euro y, con la sonrisa de siempre, saludó al resto de los conductores, como si fuera el guardia municipal que se encuentra con los vecinos en una mañana cualquiera. Ángel se ha convertido en un icono más en esta ciudad. Es, junto a ilustres personajes, uno de los rostros más conocidos. Pero pocos saben algo de su vida. Hace cuatro años me detuve en la rotonda de San Caetano, le pedí que me atendiera y charlé con él una media hora. Me contó que era coruñés, que venía de una familia humilde, que había pasado por la cárcel y que antes de ganarse la vida en el inhóspito ruedo del asfalto había estado enrolado en el Gran Sol. Ayer le encontré un poco avejentado, con el rostro más arrugado por la intemperie. Apenas me dio tiempo a abrir la ventanilla del coche, pero el hombre saludó con el brazo y con la misma sonrisa de siempre. Para muchos, Ángel es ya nuestro apóstol callejero, educado y paciente, que representa en la tierra a ese dios de la pobreza. Los curas, a veces, dicen la verdad. Los santos sí suelen ir al cielo.