Recordando el 11-M. Un día más, había una enorme cola para conseguir la compostela, con el agravante de que los peregrinos esperaban su turno bajo el enorme aguacero que ayer por la mañana cayó sobre Santiago. «No estamos todos... faltan 192» era la leyenda que rezaba la camiseta de Álvaro, uno de los peregrinos que esperaba su turno. Llegó con su novia, Belén, después de caminar desde O Cebreiro. El padre de una amiga de Belén murió en los atentados del 11-M de Madrid y Álvaro quería rendirle así su particular homenaje. Pero estos novios madrileños no venían solos, les acompañaban seis amigos. Cada uno tenía un motivo diferente para caminar hasta Compostela, desde ganas de hacer deporte hasta promesas de años atrás. «Lo mejor del Camino, los peregrinos» aseguraban todos, protestando por la mala organización y afirmando que «no se cuida nada al caminante». Además, piden más albergues porque recuerdan «las carreras cada día para ver quién cogía plaza y así, poder dormir en una cama». Un bordón de 33 años. En 1971, Carlos se animó a hacer el Camino de Santiago desde Roncesvalles. Tenía tan sólo 16 años e, ilusionado, hizo con sus propias manos un bordón de peregrino, con su vieira y calabaza. Después de la experiencia, al llegar a su casa en As Pontes, lo guardó ilusionado y se prometió a sí mismo que volvería de nuevo a Santiago con aquel bordón. Ayer, 33 años después, Carlos cumplió la promesa y llegó a Compostela con su bordón. A pesar de que salió solo desde O Cebreiro, a Santiago llegó acompañado. Y es que en el Camino conoció a dos amigos, Florencio, coruñes, y Carlos, ovetense, que le hicieron la ruta menos solitaria. Florencio, además, era la segunda vez en menos de un mes que se animaba a hacer el Camino, ya que el día 25 de julio salió de Astorga con dos cuñados suyos. Los tres, aseguraban que la experiencia era preciosa, pero coincidían en protestar por la mala señalización en la ciudad: «No nos perdimos en todo el camino y nos fuimos a perder al llegar a Santiago». Por lo tanto, pidieron al Concello que «señalicen mejor la ciudad, sobre todo a la entrada». Con tienda de campaña. Esteban y Alejandro esperaban por su compostela sentados en un portal viendo como caía la lluvia. Llegaron con otros 34 chicos de una asociación de aventuras de Daimiel (Ciudad Real). El grupo, que caminó desde Sarria, fue de lo más previsor, porque todos se trajeron su propia tienda de campaña, esquivando el problema con el que los peregrinos se encuentran en estas fechas: la falta de plaza en los albergues. Sin cama. Antonio y Javier, dos amigos de A Coruña, caminaron desde Villafranca cumpliendo una promesa que habían hecho hace años. Y, aunque les encantó la experiencia y por eso les gusatría repetirla, aseguran que nunca más harán el Camino en estas fechas, por la cantidad de gente que hay. «De las cinco noches que nos cogieron haciendo la ruta jacobea, sólo una tuvimos cama, las otras cuatro dormimos en el suelo» cuenta Antonio. Y es que fueron menos previsores que los chicos de Daimiel, que se trajeron la casa a cuestas para no tener problemas.