A XESTA | O |
15 jul 2004 . Actualizado a las 07:00 h.LOS VIEJOS rockeros nunca mueren, e incluso ven garantizada su continuidad en escenarios como el Monte do Gozo. Los Peppers, Lou, Bob y compañía, como antaño los Rolling, se afanan por trasvasar al mundo rockero la filosofía que tan buen resultado le dio a Adolfo Domínguez de que la arruga es bella. Llegando al medio siglo como estoy, contribuyen mucho a cruzar esta penosa frontera las flexibles piernas de los saltones artistas del rock añejo, que esgrimen la alcachofa exhibiendo unos pronunciados surcos venosos en el dorso de la mano, pero con la misma lealtad a la causa de hace cuatro décadas. Así es fácil llegar a los cincuenta sin los transtornos menopáusicos del medio siglo. Son los cuerpos y los rostros que, avalados por la fama y las riadas de seguidores, uno quiere contemplar para desmentir la mirada semicapruna que le devuelve el espejo mientras se atusa las canas más inquebrantables con el peine desdentado. Y mientras entona los más aguerridos aires del Rock and Roll animalesco. Guardaré, supongo que para los nietos, las preciadas localidades, como el balón de Beckan, aunque sin tantos réditos. Por cierto, no he visto por ninguna parte a mi adorada Joan Báez.