COMPOSTELANEANDO | O |
10 abr 2004 . Actualizado a las 07:00 h.LOS ENSANCHES de las ciudades fueron el proyecto de una burguesía emergente, que entendía que ante una nueva situación política y socioeconómica convenía renovar la arquitectura, la estética y la concepción del espacio público. Avanzando en formación de cuadrícula, cual campamento romano, sobre terrenos baldíos o, en algunos casos, arrasando áreas del tejido urbano histórico, fue imponiéndose una nueva pauta basada en el principio de sanear, higienizar, expandir. Cuanto más potente la burguesía, más amplio y ampuloso el ensanche. También a Compostela llegaron, tardíos y modestos, los aires modernos con sucesivos planes de ensanche que dejaron muestras de valor, como la Carreira do Conde, hasta llegar al plan Cochón de los cuarenta, luego adulterado por todas partes, cuya trama sirvió de base para lo que hoy conocemos. Nuestro Ensanche ha sido tildado sistemáticamente de «estreche», porque se decía que la relación entre el ancho de calle y la altura de los edificios era desproporcionada. Lo peor no es eso -reparemos en esa misma relación en cualquier calle de la ciudad histórica-, sino la densidad especulativa, la escasa calidad de la construcción, la arquitectura anodina, la carencia de infraestructuras, dotaciones y equipamientos... Desde el inicio de la democracia, esta zona ha sido sometida a operaciones sucesivas de humanización, con el ánimo, como define el DRAE, de hacerlo «humano, familiar y afable». El primer operativo, dirigido con entusiasmo por Luis Pasín, abrió profundas zanjas que parecían trincheras para renovar la red de colectores, colocó aceras brillantes y plantó camelias que florecen extemporáneamente en la invernía. La segunda llegó a la temida, por complicada, y querida, por simbólica, Plaza Roja, que nunca tuvo defensores, pero que a mí siempre me gustó. Estética aparte, se ordenó la circulación en ese punto y se creó un salón de estar buscando el sol. Sus iconos, fuente y escalera, están hoy en el Tambre, refugium peccatum nostrum . Luis Toxo y su entrañable rey Melchor recordarán un 5 de enero, la plaza desbordada de niños expectantes con la vista colocada en el cielo a la espera de que un mágico haz de láser rasgase la negrura de la noche. Todo quedó en un pobre conato que puso en entredicho nuestra osada e incipiente capacidad tecnológica. La tercera humanización, que se está ejecutando con criterio acertado, construye aparcamientos, regenera el tejido urbano y crea nuevas zonas para ciudadanear , con muebles y materiales sobrios. Toda arquitectura, cuando envejece, mejora porque se incorpora con su pátina al paisaje urbano y tiende a pasar inadvertida. Cuando es anciana, si es de calidad se convierte en patrimonio, pero si es anodina o errada se le acaba perdonando la vida. Tanto es así que la ruina como final o despojo provoca compasión, comprensión, incluso veneración. Esto viene a cuento porque en los últimos tiempos se están remodelando fachadas con colores indefendibles, rosas y amarillos, más rabiosos que aquellos que en los 60 dieron nombre a algunos edificios, con un lifting que pone en evidencia lo que el tiempo había perdonado. ¿No sería necesario un estudio de color para poner coto a esa anarquía cromática?