De mi relación con don Álvaro

GONZALO DIÉGUEZ

SANTIAGO

TRIBUNA | O |

05 feb 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

MI EXPERIENCIA de D. Alvaro d'Ors ha sido singular; no tanto sin embargo como para que no la compartiesen otros colegas. Recuerdo a este propósito un artículo del civilista y catedrático de la Universidad de Navarra Sancho-Rebullida, destacando la circunstancia de que el profesor d'Ors, romanista de elección, tenía discípulos en muchas disciplinas del plan de estudios (del de entonces, claro). Que yo recuerde, Historia del Derecho, Derecho político, civil, canónico, internacional, y, naturalmente, «trabajo», y hasta se podría añadir la teoría del derecho. Esto indica que, entre otras cosas -historiador, filólogo, e incluso teólogo (cuando era menester)-, D. Álvaro fue un jurista radicar. Todavía recuerdo la paráfrasis de un célebre dicho que le oí: nada que sea jurídico me es ajeno. Así se explica que su dedicación saltase limpiamente los límites del Derecho romano -que profundizó como pocos-, para desbordarse en obras generales: las ocho ediciones de su Introducción al estudio del derecho y la «Nueva introducción» a lo mismo son, entre otros, ejemplos elocuentes. Precisamente por ahí se intensificó mi relación con él, que, aparte el «romano» de la carrera, se remonta a los 60, cuando convivimos en Pamplona durante diez años. De nuevo en Santiago, nuestro contacto, aunque no intenso, fue continuo, e incluso acrecentado durante sus veranos en Pontevedra, a donde me desplazaba por el simple placer de conversar con él. De todo ello podría decir mucho si no me lo impidiese el espacio periodístico. Baste destacar aquí la esmerada atención a mis solicitudes, la nitidez de la escritura de sus cartas siempre puntuales (que no las mías), y las coherentes respuestas a mis preguntas, que constituían de por sí verdaderas lecciones. Porque eso es lo que fue su vida profesional: una permanente lección. Pero creo que también lo fue la personal, como cuando, atravesado en sus días finales por todo género de dolencias, confesaba a uno de sus íntimos: no pido nada para mí ni para los demás, sino que me identifique con lo que Dios quiere. Tambien de esto -pienso- se puede aprender.