RESISTENCIA Y PAZ
16 oct 2003 . Actualizado a las 07:00 h.Michelle Khleifi, que en su próxima película trabajará con israelíes, rechaza la dualidad del conflicto. -¿Siendo palestino es imposible hacer otro cine que no sea de resistencia? -Por supuesto que el palestino es un cine de resistencia. Lo que pasa es que las cosas han cambiado. En los años ochenta yo era el único director y productor de una película en Palestina gracias a la cual hubo gente que trabajó en ella que ahora son directores. Humildemente puse los granos para que haya un trabajo de dirección y producción. Pero hay que cambiar que no se vea el conflicto como dualidad sino abrirse hacia un compromiso no sólo de dos partes sino universal. Que se entienda que es un conflicto de todo el mundo y mirar al futuro. -¿Se puede hablar hoy pues de la existencia de un cine palestino? -No tenemos una industria de cine, pero se puede hablar de que por lo menos hay un movimiento. -¿Los nuevos directores tienen muchas dificultades de producción? -Palestina es una sociedad pobre y éticamente yo prefiero que el dinero, en lugar de invertirlo en producción cinematográfica se vaya a las familias que lo necesitan. Aunque palestino de formación belga, a caballo entre el distanciamiento europeo y el drama de su tierra, Michel Khleifi sigue impulsando un cine palestino, si es que así se puede llamar a un arte que crea bajo ocupación militar y mental, carente de una industria y, lo que es peor, de libertad e independencia para llamarse tal. Con su película Boda en Galilea , -que no había dado tiempo a doblar ni siquiera subtitular- Khleifi ganó en 1987 la Concha de Oro del Festival de San Sebastián, recibiendo después treinta y nueve premios más por todo el mundo, sentando así las bases del cine de su patria. -¿Cómo vive un artista palestino su forzado exilio en Europa? -No tengo problemas como persona para residir en un lugar u otro, sólo me preocupa el compromiso con una injusticia. Mi preocupación es un compromiso ético y moral con esa causa. -La historia que cuenta «Boda en Galilea», en la que la familia consigue autorización para la ceremonia a condición de que los soldados israelíes sean invitados de honor, está basada en hechos reales o pertenece a la estricta ficción? -Los elementos son reales, aunque están separados. Sólo unimos cogiendo de una parte y de otra para dar un poco de significado en conjunto. Es la historia de un patriarca que quiere casar a su hijo en condiciones de tensión en un pueblo en el que el ejército israelí había impuesto el toque de queda todo el tiempo. El patriarca pide solicitud al gobenador militar israelí de la zona quien después de negar la autorización repetidas veces dice finalmente que sí, pero con la condición de ser invitado de honor. Como en la tragedia griega es un desafío entre el gobernador y el patriarca de la familia en el que éste le pone una condición: serás bienvenido a la boda de mi hijo pero con la condición de que estés con nosotros hasta que acabe. -¿Qué ha querido denunciar o qué mensaje pretendió con este film? -Mi intención es reflejar una experiencia, humanizando los personajes y situaciones que vivimos día a día, pero que puede ser en Palestina u otro sitio del mundo. -¿Como el patiarca de la boda, no tuvo usted problemas para realizar su film? -Yo no me considero como el dueño de una productora o una fábrica de producción. Yo lo que estoy haciendo es un cine de resistencia.