Accidentes laborales

ANTONIO AIGUADER

SANTIAGO

TIRALÍNEAS | O |

16 oct 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

ALGO FALLA cuando un chaval de veinticinco años estrella su juventud contra una acera. Diego trabajaba ayer en lo alto de un andamio y hoy es uno más en la lista de muertos en accidente laboral. Lo que le ha ocurrido a este muchacho pervierte el sistema, le da la vuelta y deja sin sentido todas las pautas que rigen la vida. Porque se supone que uno trabaja para vivir, no para morir. En la siniestralidad laboral, la pelota siempre está en el tejado del otro. Las empresas les echan la culpa a los empleados, los empleados a las empresas, los sindicatos al Gobierno y el gobierno a las circunstancias. Urge una revisión del sistema. El empresario está obligado a exigir a sus trabajadores que tomen todas las medidas de seguridad bajo pena de despido inmediato si no lo hacen; los obreros están obligados a exigir todos los medios al patrón; los sindicatos deben exigir formación y programas específicos, y el Gobierno debe dejar de mirar para otro lado. Hay que ponerse a trabajar en serio porque no puede volver a producirse un suceso como el que ayer tiñó de sangre la compostelana rúa de Ourense. Si no se hace así, la muerte de Diego, como la de tantos, no habrá servido de nada.