Valores

| XERARDO ESTÉVEZ |

SANTIAGO

COMPOSTELANEANDO

11 oct 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

EL ARTÍCULO que estaba preparando para este espacio tendrá que esperar quince días. La radio me despierta en mitad de la noche con la noticia del homicidio de San Lázaro. Repasemos lo sucedido. El partido ha terminado, pero los hinchas radicales continúan provocando altercados. Un espectador coruñés y un concejal compostelano salen en defensa de unos jóvenes, y reciben varios golpes. Para el primero, el ataque será fatal. Los agresores le piden disculpas, al darse cuenta de que es un deportivista. La respuesta colectiva ante hechos como éste oscila, como un péndulo, entre extremos en los que no caben los matices. Es necesario que se produzca una catarsis para pasar de la indiferencia a la consternación. Apenas hay lugar para aquellos que preconizan la racionalidad en las relaciones humanas y creen que es posible evitar la barbarie desde la convivencia cotidiana. Los valores y su pedagogía no son materias al uso, a pesar de que la ética, el diálogo y la concordia, por citar algunos, son claramente transversales para todas las sociedades democráticas. ¿Para quién quedan estas categorías? ¿Para las ONG, las iglesias, las fundaciones sin ánimo de lucro, aunque algunas de ellas los practiquen pro domo sua? ¿Para los idealistas que se sienten concernidos por la brutalidad? A la violencia, que es, entre otras cosas, el recurso de quien se sabe incapaz de resolver el conflicto utilizando la palabra, ha llegado a atribuírsele en la posmodernidad cierta estética, como un sofisma de la democracia, que es permisiva con ella. Una «estética» que se propaga inconsciente o subrepticiamente a través de noticiarios convertidos en crónicas diarias de sucesos sangrientos, de películas y videojuegos de consumo entre los jóvenes. Está presente en el codazo sistemático que se practica en las relaciones de poder, en la especulación sin límites, en el deporte «amenizado» por comparsas de radicales con las que el sector convive condescendientemente desde hace mucho tiempo, en esa parte de la sociedad estrictamente individualista y competitiva que practica el sálvese quien pueda, en un modelo patriarcal que se reafirma a golpes, en ciertas conductas corruptas que provocan sarcasmo, pero también envidia disimulada, en la prepotencia acostumbrada a doblegar voluntades a su conveniencia, en quien señala con todos sus dedos y a voces al culpable sin juicio previo, en esos medios audiovisuales que sostienen programas infames con la excusa del share, en una guerra televisada basada en la mentira... A pesar de todo, creo que el ser humano tiende naturalmente a la superación de su condición animal, y en ese proceso de selección necesita proyectar en el entorno su capacidad para desarrollar un pensamiento abstracto, basado en la cultura y los valores. Manuel Ríos no era un héroe, era una persona normal que tuvo el valor elemental de advertir la crueldad con un «¿no os da vergüenza?». Eso le costó la vida.