Nuestro amigo Borobó

| XERARDO ESTÉVEZ |

SANTIAGO

COMPOSTELANEANDO

13 sep 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

LA POSMODERNIDAD ha redescubierto la exaltación de lo individual, después de unas décadas en las que había primado el pensamiento colectivo. La confrontación entre la otredad y el yo es un problema recurrente de la filosofía y también de la práctica política. Hijos de corrientes filosóficas y de tradiciones religiosas no siempre acordes, el vaivén de la conducta oscila del ofrecer la otra mejilla al ojo por ojo y diente por diente. En este presente maniqueo donde se invoca con tanta frecuencia a Hobbes y a su licántropo para justificar la eliminación del «mal», debemos reconocer que, en líneas generales, salvo los genocidas o los santurrones de turno, la condición humana no es absolutamente mala o buena, sino que es esencialmente relativa, y desde esa posición debemos entender al otro y esperar ser entendidos. Raimundo García siempre supo aplicar ese relativismo conductista libre de rencor y distanciar sus posiciones socialistas -que defendió hasta el final de su vida- de las relaciones personales. Borobó era nuestro amigo porque entendía la convivencia como el encuentro de las aristas de cada persona, que él suavizaba con un humor envidiable, reflejado en su rostro cordial. Con valentía y liberalidad, en la dictadura oscura y ridícula, Borobó permitió, siendo él joven, que las páginas de La Noche se abriesen a los más jóvenes para que a través de aquel periódico entrara en la Compostela de los sesenta el aire fresco y el humanismo. Aquella redacción, vecina de mi casa familiar en el Preguntoiro, era como una cancha donde quienes hacían sus primeras armas en la literatura o la crítica expresaban sus inquietudes, y desde allí él enseñaba el entusiasmo por el periodismo y alimentaba la esperanza democrática. Gracias a su habilidad profesional, fue posible el reencuentro con el pensamiento de los excluidos y, en buena medida, el de sus hijos. Cronista que fue de la ciudad, recuerdo la emoción del acto de entrega de la medalla de oro como reconocimiento por su dedicación a Compostela y a Galicia. Sus seudónimos lo hacían aparecer con distintas faces, y con ellas describía personas y hechos sin herir, pero sin dejar de decir. Por esa razón, cuando paseaba llevando bajo el brazo sus Anacos, que formaban parte de una realidad casi mágica, las mismas esquinas, sombras y personas de la ciudad lo reconocían, saludando sus atenciones. No sé quién cuidará ahora los limoneros de Trebonzos. Seguro que, ajenos a la pérdida de su dueño, siguen luciendo su belleza epidérmica que se transmitirá por mucho tiempo porque, por algún misterioso mecanismo genético, a fuerza de mirarlos todos los días, Borobó dejó impresa en ellos su energía vital para ejemplo nuestro.