Crónica El Festival de Música de Galicia cerró su primera semana con el aplauso unánime de un público entregado
05 jul 2003 . Actualizado a las 07:00 h.Alguien comentaba en el descanso de uno de los conciertos de esta semana del festival de Música de Galicia que los certámenes estivales son el equivalente de los ciclos de conciertos didácticos para escolares: muchos descubren la llamada música culta y algunos de sus rituales, y hasta puede que más de uno se enganche. Por eso no es de extrañar que una soprano con tantos días de mar (musical) como Bárbara Hendricks exija que en este tipo de actuaciones festivaleras se advierta al público, antes de empezar ella a cantar su recital, que no aplaudan entre canciones de un mismo autor. «¿Qué dice, qué no aplaudamos?», preguntó un señor a otro de la fila de atrás que, entendido él y temiendo lo peor le respondió: «Que no aplauda usted hasta el final». Y la contención se desbordó hasta el delirio, con una ovación final que la diva de Arkansas agradeció, y que seguramente le pareció un regalo especial en el que era su último concierto antes de su boda, que tendrá lugar dentro de un par de semanas. El que realmente triunfó esa noche fue el jovencísimo pianista de la belcantista, Michael Wendeberg, que en el coctel posterior al concierto fue rodeado por jovencitas, y señoras, entre pinchos de tortilla y chorizo que los invitados devoraban a medianoche. El lleno que consiguió la Hendricks no llegó a los límites de ocupación de la sala que logró Daniel Barenboim el día anterior. El concierto del maestro argentino-español no sólo motivó que colocaran filas suplementarias y que los palcos del Auditorio de abrieran como sucede pocas veces. También la bula para aparcar encima de la acera de la avenida que conduce al centro cultural, porque el área de aparcamiento de que dispone estaba acotada. Y eso que no vino la ministra de Cultura, ni por lo tanto el presidente de la Xunta, como llegaron a prever, dado el caracter extraordinario de este concierto. La expectación era tal que en San Caetano estuvieron en vilo hasta el mediodía, porque iban y venían los rumores de que incluso podía asistir José María Aznar. Con menos artificios se enfrentaron a su actuación de ayer en la catedral el organista sudafricano de origen hindú Jeremy Joseph y el tenor alemán Christoph Genz. Los organistas de la catedral conocen los secretos del magnífico instrumento, pero el concertista se quedó un poco desconcertado al descubrir que el nivel de afinación no era perfecto y que un acorde no respondía. Menos mal que no se puso exigente, quizá porque adivinó que la mayoría de las mil personas que podían asistir no se iban a enterar de si Bach sonaba como mandan los cánones. Lo que sí hizo fue ponerse sus zapatos de concierto, gastados y blandos para mayor flexibilidad de sus pies en los complejos pedales.