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01 mar 2003 . Actualizado a las 06:00 h.A TRAVÉS de su historia, esta ciudad se ha movido siempre entre la idea, la materia y el espíritu. En el principio estuvo la idea, ya sea la del compositum tellum, del burgo o de la ciudad que, hecha materia, fue generando el espíritu de Compostela. Fue la ensoñación de la traslación de los restos apostólicos, la del camino como frontera que el embrión de Europa opone frente el avance musulmán, la de la universidad que introduce la luz de la razón, la de la reforma barroca y el academicismo neoclásico que cambian la faz urbana, la de la autonomía y su capitalidad que superan de una vez por todas la frustración provincialista y el lastre levítico. ¿Y la materia? Los osarios del cementerio primitivo, el arca marmórica, el granito con el que se erigieron las sucesivas catedrales, el verde del territorio circundante, la teja, la madera y la piedra de la arquitectura... Y el espíritu es su historia transmitida en los documentos y en nuestra memoria. El espíritu somos nosotros mismos. En un texto sobre Compostela escrito hace pocos años sugería la oposición entre vanguardia y sosiego, como el tiempo que marca el compás de nuestra historia, desde la inventio del sepulcro hasta nuestros días, a veces con paso atropellado y a veces con lentitud excesiva. Imaginemos, en la última mitad del siglo XVIII, una generación de canteros, padre e hijo, uno trabajando en la fachada barroca y voluptuosa del Obradoiro y el otro construyendo el clasicismo racional del palacio de Raxoi, todo ello adobado con las nuevas corrientes de pensamiento que empezaban a llegar desde la Francia prerrevolucionaria, a través del Camino de Santiago. ¿Cuál sería el espíritu de la Compostela de entonces? ¿Qué dirían los ciudadanos de a pie ante aquella eclosión de ideas y de construcciones?Trasladémonos al presente y echemos las cuentas de lo que ha supuesto la democracia para Compostela: elegida como sede autonómica sin el entusiasmo público, reconocida como hito del patrimonio mundial, dotada con el Real Patronato y el Consorcio y, recientemente, con un estatuto de capitalidad... Quizá ninguna otra ciudad europea haya tenido tanto apoyo institucional por habitante. No se puede negar que hasta ahora nos ha ido bien, pero el riesgo es que nos tornemos espectadores pasivos y dejemos la ciudad a merced sólo del buen hacer de la política y de la administración. Suele pasarles a las urbes históricas: el exceso de trascendencia, la admiración por lo construido, invita a sentarse cómodamente a esperar la subvención, pensando que se conseguirán los objetivos con poco esfuerzo o que, en caso de crisis, siempre habrá un apóstol o una administración que nos quite las castañas del fuego.Invito a la reflexión sobre un aspecto de entrada cuantitativo, y también cualitativo, cómo no, como es la pérdida de matrícula que está experimentando nuestra Universidad. Se echa de menos un estado de opinión de profesionales, empresarios, sindicatos, iglesia, sector turístico, etcétera, respecto a lo que representa la Universidad en términos científicos, económicos y culturales para la ciudad. Hay otros ejemplos, pero la Universidad debería ser el foco especial de atención y cuidado de esta Compostela «matérica» y espiritual como ninguna, pero quizá excesivamente cómoda.