A CADEIRA
21 ene 2003 . Actualizado a las 06:00 h.Y HUBO TANTO ruido, que al final llegó el final. Mucho mucho ruido, ruido de tijeras, ruido de escaleras que se acaban por bajar. Ruido desgastado, ruido introvertido.... Ojalá todos los ruidos fueran tan sonoros como el de Sabina. Pero no, aquí es de botellas, ruido de peleas, de amores de noche, de historias cortas, de gritos sin dueño, de locales sin puerta, de pintadas sin autor, de escatologías varias, de lo último de Paulina, de los éxitos de Estopa, del clásico de Camilo Sexto, del vecino de enfrente, del tercer cubata, del quinto chiste o la sexta canción. El ruido que acompaña la monotonía de los jueves, el frío de los viernes y la lluvia de los sábados. Las campanas de las tres y los amaneceres de las siete. El ruido de los bares, de los pubs sin horario y las discotecas sin gogós. El ruido que no cesa, que no calla, que no acaba, que no muere, que no duerme, que no descansa, que horada, que encrespa, que enfada, que angustia, que grita. El ruido de Santiago, del Ensanche, del casco viejo, del Franco, de Santiago de Chile. El ruido, el barullo, la gresca, la bulla, el jaleo. El ruido al que, por más que lo cante Sabina, por mucho que haya, jamás le llegará el final.