Pocos saben en el barrio que los Irmandiños libraron una batalla en el monte de Almáciga, pero casi todos conocen las batallas que libran cada día las cuatro familias del número 28 de la rúa Touro con la familia de Inés. Una convivencia insoportable, que ya hizo abandonar su hogar a unos vecinos hace más de diez años. Pese a todo, nadie puede acusar a los moradores del edificio conflictivo de racismo, porque ya son más de quince años de difícil convivencia con una familia gitana, cuya matriarca, Inés, se niega a respetar las más mínimas normas de convivencia. El edificio fue pintado en varias ocasiones, pero cualquiera pensaría que hace medio siglo que sus paredes no ven la brocha. Tanto la puerta del portal como el portero automático y las escaleras fueron repuestos, pero su aspecto sigue siendo deplorable. El portal es un improvisado almacén de chatarra, colchones, mesas, sillas, mesillas y otras muchas piezas de ropa, juguetes viejos y rotos que recolectan en los contenedores del barrio. No los quieren para nada, pero los depositan en el portal a la espera de que algún vecino los traslade al contenedor. La escalera fue utilizada en varias ocasiones como letrina y los buzones del correo arrancados. Las amenazas e insultos son constantes. En la esquina del número 28 se impone la ley particular de una familia; mientras el resto espera que las promesas dejen de ser papel mojado. Muchos en el barrio se preguntan en las tertulias por lo que pasaría si la familia conflictiva no fuera de raza gitana. Esta historia se vive desde lejos en el resto del barrio, donde se presume de jardines cuidados, contenedores de recogida selectiva y una zona de vinos, donde los vecinos conviven sin conflictos con inadaptados sociales.