La perra realidad compostelana

SANTIAGO

Uno puede coger las cifras por la cabeza o por la cola, como si fuera una merluza de la plaza y analizar la realidad a su antojo. Resulta que setecientos perros, cada año, son abandonados en Compostela. Esto quiere decir, a la inversa, que esta ciudad cobija, al menos, a setecientos sinvergüenzas sobre una población de cien mil habitantes, lo que representa menos del 1% del censo. En apariencia, una minucia estadística, pero en realidad, un dato escalofriante que revela que aquí, cada día del año, hay dos nuevos animales abandonados y otros dos que se marchan tan tranquilos a su casa después de haber bajado a la mascota como quien deposita la basura en el contenedor. El 0,7% de población sinvergüenza es más que suficiente para colapsar las perreras y convertirlas en un vertedero de sentimientos, en el que se hacinan animales pusilánimes, que ladran y que viven pendientes de encontrar a su dueño con la vista puesta en una reja. Quizás debiéramos reflexionar sobre esta cifra, sin incurrir en los manidos tópicos sensibleros que despiertan estas noticias. Pero conviene recordar que las perreras están llenas de humanismo y las casas de esta ciudad llenas de perros de dos patas.