M. CHEDA ANÁLISIS
13 oct 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Tantos aeropuertos comerciales en Galicia para un público potencial que no alcanza los tres millones de personas parece ir contra las leyes de mercado. Máxime cuando el grueso de la oferta coincide en todas las terminales: vuelos domésticos a Barcelona y Madrid entre medias de la semana. Así las cosas, los movimientos más bruscos del sector aquí quedan reducidos a trasvases de clientes entre sedes. Hoy en Alvedro, mañana en Lavacolla; hoy en Peinador, mañana en Alvedro... Y terminaciones consecutivas. Sin embargo, una solución plausible a este conflicto de intereses la gravaría un coste político cuya repercusión se antoja incalculable. No les falta consciencia de ello a quienes se dedican a eso de las urnas. En este contexto -y no en otro- se entienden las declaraciones de Xosé Cuiña, hace apenas medio año, cuando afirmó: «No sobra ningún aeropuerto». Haber anunciado, por ejemplo, su intención de promover el cierre de Alvedro habría condicionado toda su carrera posterior. Al menos en A Coruña. Como nadie asume el pago de facturas con tantos ceros, como lo plausible es -para el caso- improbable que suceda, tal vez alguien en representación de lo público debiera sentarse con las compañías de vuelo y planificar en conjunto el panorama de la aviación en la comunidad. Si ahora las terminales gallegas no complementan servicios, luego Oporto las rebasará para siempre.