DAVID MARTÍNEZ MI CALLE
09 oct 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Terminamos en divorcio. Y es que mi abuelo siempre dijo que algo entre dos hombres nunca puede acabar bien. Así fue. Santiago -de Chile- y yo -David, de mi madre- ahora nos evitamos. Fue una relación difícil la nuestra. Él tiene un carácter muy inestable. Funciona a sobresaltos. Como el de aquella mañana de hace diez años. En el 33, una señora olvidó las formas en el recibidor y dejó a su marido como un pollo. Lo trinchó seis veces con un cuchillo de cocina. Y luego se marchó en taxi a Vigo. La cosa terminó en la cárcel para ella y en el hoyo para él. O como el de aquella noche, de recuerdo infausto. El Barcelona, un equipo de fútbol, había ganado su única Copa de Europa. El muy jodido de Santiago -de Chile- rompió en gritos. De algarabía. Una tipa del 46 salió a la ventana, pechos al aire -del 90-, para agradecérselo. O como aquel mediodía. En una terraza, al sol, Santiago -de Chile- envió a un caco para robarme la cartera. Corrí tanto tras él, tras el caco, que ahora siempre giro las esquinas un par de pasos antes que mis pulmones. A Santiago -de Chile- acabas aborreciéndolo a fuerza del tiempo. Está bien para una aventura, algo pasajero; un cameo, que se decía antes. redac.santiago@lavoz.com