Juegos malabares en el Ensanche

La Voz

SANTIAGO

ESTHER TABOADA

RUBEN SANTAMARTA EN DIRECTO La proliferación de obras en la ciudad dificulta la movilidad de las personas en silla de ruedas

23 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

A experiencia se inicia al pie de su trabajo, en el despacho de cupones que atiende temporalmente en la praza de Galicia. Allí se queda mientras María, su mujer, que le acompaña a todas partes para ayudarle. «Me defiendo bien yo sólo», asevera. A la minusvalía de la silla, Carlos suma una visión deficiente, de sólo un 40%. Desde ese punto nos desplazamos hasta A Rosa por Doutor Teixeiro. Las maniobras no son muy complicadas, y mientras habla, Carlos esquiva algunas mesas de terraza. «Es lo normal cuando llega el verano», comenta. Mientras sigue, hace un inciso en el tema de los locales privados. «Allí, lógicamente, el propietario puede hacer lo que quiera, pero hay algunos sitios en los que yo no puedo entrar sólo», lamenta. En Ponte Castro comienzan las dificultades, con las aceras levantadas. Carlos esquiva unas señales ante la mirada atenta de los operarios que trabajan en el futuro aparacamiento. Pero no es eso lo que más le molesta: «Lo peor es la altura de los bordillos al cruzar un paso de peatones». Mientras cruza por uno de ellos, apunta que «esta ciudad, al ser antigua, es difícil que esté pensada para nosotros». En algunos tramos, Carlos se baja directamente al asfalto, junto a coches y autobuses. «Mi mujer se pone muy nerviosa, pero yo lo hago a menudo porque hay aceras por las que es imposible acceder». Rodado en A Rosa No es el caso de la remodelada rúa A Rosa. «Es el ejemplo de lo que se debería hacer en otras calles». Es decir, aceras anchas y rampas muy bajas (a pie de calle) en los accesos de pasos de peatones. El paseo por esta calle se hace rápido, con comodidad. La sorpresa viene unos metros después, con las obras del cruce con San Pedro de Mezonzo. Si ya es complicado que pasen dos personas al mismo tiempo, se presume que una silla es imposible. Carlos maniobra un par de veces y ya está. «Sí, es complicado, pero no es lo peor», dice mirando la acera que se le presenta cortada en dirección a la estación de trenes. ¿Solución? Vuelta a la brea desde un bordillo de unos diez centímetros. A pesar del problema, no deja de sonreir, pero aprovecha para quejarse: «Las obras son un problema más, pero es peor que algunos centros públicos no nos presten ninguna atención». Lo peor ya ha pasado. Pero el mismo problema de obstáculos se trasladará pronto de una calle a otro. Él parece preparado.