El buscador seguía sin arrojar ningún resultado útil. «Mierda, mierda, mierda», murmuraba de camino a la cocina. Aún convencida de que no lo encontraría, iba en busca de algo que la ayudara a digerir su exasperación. Por la puerta entreabierta vislumbró al universitario encorvado sobre un pequeño cuenco. Una cuchara de postre bajaba mecánicamente al bol donde chocaba y resonaba antes de subir y desaparecer entre sus labios. El chico despegó los ojos del móvil que sujetaba con la izquierda y levantó una ceja ante el semblante oscuro de su madre, que permanecía de pie observándolo. Limpiándose la boca con el dorso de la mano, preguntó por el motivo de «ese careto».
—Una alumna que se cree que me puede engañar con una reseña sobre Regreso al Futuro que obviamente no ha escrito. Pero llevo casi una hora «googleando» y no consigo encontrar de dónde la ha copiado.
—Fácil. Chat GPT. Trae el computer.
La madre, acostumbrada a sus monosílabos mascullados, obedientemente regresó con un portátil ya abierto mientras el estudiante de ingeniería depositaba el bol ya vacío en el fregadero. Lo colocó en la mesa delante del chico y se dejó caer en una silla con un suspiro, mezcla de escepticismo y derrota anticipada que solo duró unos segundos, pues su hijo le ofrecía triunfante la ansiada prueba.
—¿Qué es?— Olisqueó antes de sorber y el aroma se le antojaba artificial.
—Es un bot. Le preguntas lo que quieres y te responde. Muy útil… si lo usas bien, claro.
El primer sorbo le supo a asombro. Ante sus ojos aparecieron ciertas frases exactas copiadas por la alumna. El último sorbo fue el más sabroso: una combinación de alivio y fascinación. Como regusto, a la docente le quedó la pasmosa convicción de cambio matizado con infinitas posibilidades.
Paula Nicole Sepúlveda Viera. Lugo.