Fue un error. Cuando los pobladores del Averno se levantaron en armas contra la humanidad, los dioses decidieron intervenir. Dorothea era una muchacha pura, inocente; el prototipo de la bondad. Por eso la escogieron.
Sabían que, como entes celestiales, no podían descender al mundo ni aniquilar al enemigo en un instante. Sería deshonroso, ¿un ser supremo teniendo que actuar de forma directa en un problema terrenal? Qué humillación. Debían enviar a alguien en su lugar, mostrar indiferencia; así podrían fingir que tenían la situación bajo control. Dorothea obtuvo el poder sacro: la Luz. Con ella ni siquiera los magos más versados estaban cerca de su capacidad. Ese fue el punto en el que los dioses se condenaron.
La Luz se apoderó de ella, la recorrió como un parásito. El cuerpo de la elegida no pudo asimilar la potencia lumínica. Poco a poco fue contaminando cada milímetro de su ser, retorciendo su mente hasta que perdió la cordura. Por su condición etérea no comprendían bien a los humanos, no eran conscientes del efecto que tendría la energía sublime en una mortal. La infección avanzaba en su interior, imparable. Cuando intentaba resistirse, sentía como si tuviera el Sol dentro de su columna vertebral; un dolor tan intenso que le evocaba una sola cosa: fuego.
Los demonios fueron aplastados en menos de un día, no hubo piedad. La joven se regocijaba al pisar los cadáveres, al ver las entrañas de sus enemigos esparcidas. La elegida dejó atrás su antiguo yo: se convirtió en un monstruo vestido con piel de salvadora. Los Supremos no hicieron nada, de lo contrario quedarían expuestos.
¿Cómo iban a admitir un error tan fatal? Imposible, serían el hazmerreír durante eones. Fue esa negligencia de los creadores de aquel mundo lo que los sentenció a todos.
Dorothea, ávida de muerte, se alzó con el control del planeta; nadie podía derrotarla. El cosmos, entonces, conoció la verdadera oscuridad a través de la Luz.
Samuel Pena Ferreiro. Estudiante. 16 años. Cospeito.