Había caído estrepitosamente hasta llegar a unos palmos de mis pies. No había sido desde mucha altura, lo suficiente para oír algún grito atemorizado y un ahogado, ¡Oscar!, al ver como desde un lado de la montaña caía su cuerpo, con el buen azar de estrellarse en un llano de la ladera, que salvó su vida. Ahí estaba yo, impresionado como los demás, o también, afectado y afligido. Era él y no otro, paradojas de esta vida. No dejé de observarlo ni un instante y entonces pensé… que un hombre, cualquier persona, no debe, no puede ser demasiado cuidadoso con el sufrimiento propio o ajeno, con el tiempo, se instala, profundiza y forma parte intrínseca de uno mismo. Él pertenecía a mi entorno cercano, aunque no personalmente, pero también había alcanzado el mismo nivel que mi sufrimiento. Pensé en los poetas, que claman, cuan corto es el amor y cuan largo el olvido. Nuestros compañeros de escalada bajaban a la velocidad que podían, Oscar estaba inconsciente, yo apuraba mi tiempo, deslicé mi brazo por debajo de su cuello, cerré los ojos para unirlos a los suyos, los abrí de nuevo, consciente de las abundantes limitaciones, recordaba a los estúpidos llenos de opiniones sin apenas comprender alguna de ellas. Si, abrí bien los ojos, para ser verdaderamente consciente. Él formaba parte de mi vida, sobradamente quizá. Para los sufridores el tiempo no pasa, más bien gira. Debía de soltar amarras, navegar con nuevo timón, o conformarme con lo que las circunstancias me permitiesen, los demás, ellos eran otra historia. El tiempo transcurría raudo, acaricié con suavidad su frente, podría despertarlo, como en los cuentos. Los demás estaban cerca, hubiera sido un sueño cumplido, al menos, un deseo alcanzado. ¡Tranquilos!, dije yo, respira con pausa. Ajenos a mis sentimientos, alcanzaron a decirme, ¡Gracias, bien hecho Hugo! Pensábamos que ya no podría contarlo. Que eventualidad, pensé yo, si fuera yo el que hablase.
Alicia Muiños Cal. Contable. 56 años. A Coruña.