El error de los poetas


Cuántas páginas han escrito los poetas sobre los encantos del otoño. La suavidad con que las hojas se desprenden de los árboles, la paz de los atardeceres, los sentimientos nostálgicos. Aunque, en realidad, todo puede estar un poco cogido por los pelos. Pensemos por un momento en un elemento, en principio, menor: la savia, el líquido nutricio que recorre el interior de los vegetales. Si en vez de ser tan delicadamente transparente, la savia fuera espesa y roja como la sangre -su equivalente en el mundo animal-, ¿seguirían siendo tan idílicos y bucólicos los paisajes otoñales? Imposible. Los caminos ya no parecerían cubiertos de una mullida alfombra de húmedas hojas sino de multitud de restos ensangrentados, como si fueran el escenario posterior a una cruenta batalla medieval.

Y si, puestos a imaginar, los árboles no se limitaran a desprenderse silenciosamente de sus hojas sino que emitieran quejidos y lamentos, entonces ya sería el acabose y esos caminos no se mostrarían como el resultado de una batalla sino como la batalla misma, un lugar desagradable e inhóspito donde no habría lugar para la placidez sino solamente para el horror y el miedo. Así que toda la melancolía y ternura que inspira el otoño es, en el fondo, inmerecida y depende, como por azar, de pequeñas cosas que son de una manera pero podrían haber sido de otra, cambiándolo todo. Los poetas están equivocados.

Pero el error de los poetas es un bendito error, porque sus palabras son hermosas y acercan a nuestros corazones el eco lejano de algo mucho más fiable que los árboles otoñales. Algo que de verdad merece los sentimientos más delicados y que resuena sutilmente desde algún recoveco, desconocido para nosotros, de la eternidad.

Félix Tojal del Casero. Médico. 60 años. Vigo.

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