Encerrado


Él, que repetía hasta la saciedad que tenía una salud de hierro, que presumía de que al único doctor que escuchaba atentamente era al Dr. John, de repente y sin previo aviso, se veía sobrepasado por todos los síntomas que la televisión achacaba, en jornadas maratonianas, a un virus cuyo nombre recordaba al símbolo de unos juegos olímpicos. Sentía como al dolor de garganta se le unía una tos seca -aunque no entendía muy bien ese término- y a ambos una pequeña febrícula, que le transportaba a un lugar donde se encontraba atrapado por el blues más psicótico que jamás había escuchado. Su perro fiel le miraba extrañado, acercándosele cada vez más. Sin embargo, él no podía percibir su olor característico.

Las noticias y los debates emergían de su canal preferido, como las avispas salen de su avispero cuando se sienten amenazadas, atacando en grupo, pero, en este caso, los ataques eran contradictorios. Poneros la mascarilla; no hace falta; poneros guantes; ¿para qué?; hay que sacarse los zapatos antes de entrar en casa; da igual, el virus está en el aire; no toquéis ningún objeto. Bueno, después de 48 o 72 horas, cuidado con el gato; el perro es el mejor amigo del hombre.

Era de madrugada y él seguía atento, con los ojos como un búho, a la pantalla. Tenía la cabeza llena de información, su disco duro estaba a rebosar, su corazón palpitaba taquicárdico, su presión arterial era insostenible, y eso que había dejado la cafeína, el tabaco, el alcohol y otras sustancias que no vienen al caso. Probó a relajarse haciendo yoga, pero sus movimientos eran patéticos, quién le mandaría abandonar las clases aquel primer día.

De repente, todo volvió a la normalidad, en una única fase, había decidido sabiamente apagar la televisión.

José María Bello Rivas. Abogado. 55 años. Teo.

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