Migraña


Siento una ligera presión en la cabeza, un pinchazo en la sien y rápidamente busco en el bolso la píldora mágica. Quizá llegue a tiempo de pararla.

La pastilla no hizo su efecto, ni las dos siguientes; la de las cuatro horas tampoco. El dolor crece con celeridad y me anula, me arrincona a medida que pasan las horas. El baño caliente no me relaja y los paños fríos en la frente tampoco mitigan el dolor. Siento que no soy nada, una piltrafa. ¡Que nadie me pregunte! ¡Que nadie me hable! Descansar… Necesito dormir. La náusea me ahoga y mi mundo desaparece. Con el desasosiego aumenta mi dolor y las lágrimas me acorralan. Ya al anochecer deambulo por la casa y apoyo la frente en el cristal frío de la ventana; me refresca y el silencio de los durmientes me calma.

Una tisana, otra… y pasan las horas. Cancelo todos mis compromisos.

Ahora el dolor es parte de mí. Comienza la cuenta atrás: Un día, dos… y pienso que con un poco de suerte un día más y todo acabará.

Tres días de encierro y vuelvo a ser persona. Me digo y esta vez ¿cuál fue el detonante?

Sí que lo sé, claro que lo sé…

Hace unos días caminaba delante de mí, pisando fuerte con paso largo y apurado. La reconocí por su perfume barato cargado de engaño. Me agité como tiempo atrás.

No sé qué me hizo regresar a la casa, quizá el azar caprichoso. Ya no lo recuerdo. Al cruzar el umbral escuché a mi amor. No estaba sola. Retozaba con alguien en la tibia habitación donde llegaba el sonido del mar que nos acunó esa misma noche. Atónita, mis oídos no me engañaban y ese ronroneo de los amantes era conciso y elocuente. Ella se había puesto ese perfume, más bien se había bañado en él.

A solas, abrí el tragaluz para que entrara el fresco de la mañana y así borrar la huella de nuestras palabras cruzadas, escupidas, hirientes; y arreglé la cama con el olor todavía a seducción.

Sentí un pinchazo en la sien, mientras en el armario las perchas bailaban solitarias.

Carmen Oliveira. Jubilada. 65 años. Pontevedra.

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