En su barco apátrida viajaba por el mundo. Descubría nuevos mares y llegaba a tierras desconocidas. Huía de soldados y comerciantes, reivindicando todo aquello que se alejase del orden preestablecido. Exprimía al máximo cada segundo de caos. No servía a ningún rey ni rezaba a ningún dios.
Cuando se cansaba, atracaba el barco en algún puerto y se olvidaba de él durante un tiempo o para siempre. Aprovechaba entonces para visitar montañas y bañarse en los ríos de agua dulce, aliviando el picor que causa el exceso de sal. Observaba a los animales de la tierra y disfrutaba viendo cómo se movían. Respiraba hondo tirado en el campo, mirando al cielo infinito en los días ventosos, esos que permiten pasar las horas contando las nubes que vienen y van.
Solo y a la intemperie, su vida peligraba constantemente. La enfermedad, la naturaleza, la inmensa soledad, todas eran acompañantes omnipresentes, y todas conllevaban peligros inminentes. Aun así, en la ciudad solo paraba lo justo. Le había costado mucho desembarazarse de su vicioso cobijo, de la seguridad que emanaba del supuesto grupo de iguales y, sobre todo, de las innumerables facilidades que ofertaba. Incluso había conseguido dejar de pensar en la muerte, ahora que estaba más expuesto que nunca a ella.
Cuando llegó el día de inflexión, tan comúnmente señalado en todas las vidas e historias, las aguas crecieron, los campos se asolaron y algunos amigos se marcharon para no volver. Hubo tristeza y contención, pero recibió el golpe con inusitada valentía. Había renunciado a seguir una línea y se sentía libre de miedo y dependencias. Levó el ancla en algún puerto y siguió navegando sin mirar atrás mientras existieron horizonte y mar.
David González Peñas. Ingeniero. 35 años. A Coruña.