El secreto del roscón


Para hacer un buen roscón todo está en la actitud, una buena sonrisa, harina, levadura, azúcar, mantequilla, leche, huevos, sal y un poquito de azahar. Hace poco compré uno, llegué a casa y lo dejé sobre la mesa del comedor. Le pedí a los niños: «Lo vais cortando mientras yo voy al baño». Y en dos minutos, no más, desapareció el roscón. Solo me dejaron las guindas, ah, y un pedacito escondido debajo de una doblez. Lo cogí entre mis manos y me salí al jardín. Posé la muestra en el césped y me metí en casa para hacer algo, no sé. Fue justo cuando se metía el sol.

Sin gota de viento, ¡apareció un dragón!, con la lengua bífida más rosada que el esplendor del cielo, con sus patas gordas, su cuerpo escamoso y con los pliegues de un imponente barrigón.

Me dijo: «Hola, me llamo Eusebio -y me puse mis gafas de presbicia para no perderme la ocasión-, quería darte las gracias por la sobra del roscón», añadió mientras algo se le atragantó.

Le di una palmada fuerte y escupió un trozo duro, un habón: ¡El premio del roscón! Al que le toca, lo paga, le dije yo. Pero al momento me di cuenta de mi inoportuna contestación.

-Disculpa, Eusebio, antes de que te vayas, ¿me dejarías ver tu interior?

Y, amablemente, él accedió. Abrió sus mandíbulas en alta definición, y vi todo lo que dentro había. Salían pompas, gases, líquidos y ácidos. Lo que allí se cocía, ni el mejor robot de cocina, ni la mejor levadura, ni el mejor horno podrían nunca igualarse a lo de aquel roscón. Menudo aroma, menudo olor salía de esa masa esponjosa, de aquel pastelón. De una sobra, de un trocito de nada, se expandió aquella receta tan rara y milagrosa como lo es el amor.

Lucía Jares Mañas, periodista, 45 años, A Coruña.

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