Coitelada


Enfilan el cabo Coitelada dejando a estribor la boya RRR. Divisando ya la entrada de la ría, se ve la ciudad pero se giran los dos para ver mar abierto, el Atlántico, que les recuerda que esa inmensidad y belleza se puede convertir en fiereza en unos minutos.

Despacio, sin prisa, va remando. La entrada de la ría es profunda, estrecha, a los dos lados las montañas bajan en picado hacia el mar. Al fondo, se ven los muelles de atraque de la ciudad, los astilleros y el cielo tan característico, azul con alguna nube. A medio camino entre la entrada de la ría y los muelles están los dos castillos, metidos literalmente en el mar. Mira a estribor, la montaña acaba en pequeñas calas que le recuerdan etapas suyas, la infancia de sus hijos y le viene a la cabeza los gritos de su hija, cuando fondearon en una cala y una nécora le mordió un dedo del pie, parecía una soprano, ¡qué manera de gritar! A babor van dejando cada una de las fortificaciones que protegían la ría, varias solo tienen alguna muralla, pero él casi las puede imaginar enteras, toda su vida la pasó en este mar. Sonríe, ya superado el castillo de San Antonio, recordando otro día, mientras él pescaba y su hija remaba, una ola cubrió totalmente la chalana y solo veía la cara asustada de su hija. Ella, ya adolescente, llevó un susto tremendo. Tardó días en conseguir que la niña volviera a pescar con él.

Llegando ya a la zona que llaman «entre castillos», la corriente cada vez va haciéndose más presente, sus brazos, su cuerpo tan fuerte hacen que casi ni la note. Su hija se vuelve hacia él mirándolo con admiración. «Recuerdan los dos, en silencio eso sí, las veces que tienen pescado en esa zona, él toda su vida y la niña el tiempo que el destino le dejó hacerlo con él». Divisan saliendo del puerto a dos remolcadores y un carguero, que surcan el mar en calma, su resaca provocará olas. Ella va boca abajo en la proa, mirando al mar, sintiendo esa brisa tan característica en su piel. Sabe que, igual que ella, su padre se transforma en el mar, se le ve tranquilo, feliz y muy pensativo.

Rema con fuerza y de lado mirando para todas partes, se agarran los dos a la boya al lado de su casa para coger unos mejillones, esperando ya las olas provocadas por los barcos que acaban de pasar entre castillos.

Concepción González Seco, informática, 52 años, A Coruña.

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