Matar a la muerte


Su voz era dulce, bañada en miel, se podría decir. Una dulce melodía que viajaba desde sus labios hasta sus oídos, y debilitaba la mente y el cuerpo de la persona que lo tuviera que escuchar. Y en este caso no era distinto. Él contaba una historia, de sangre y miedo, de perdición y perdón, y ella, yacía entre sábanas de seda blanca, ya perdida en sus palabras, en su dulce melodía. Y poco a poco, lentamente, su cuerpo se dormía junto con su mente, el color abandonaba sus mejillas, en un pasado teñidas por un rubor. Su piel se teñía de blanco mortecino y sus ojos, ahora cerrados, perdían brillo. Pero ella, inconsciente del peligro que corría, estaba atenta a la historia que su boca profería, perdida entre las palabras, ya en otro tiempo, en su propio mundo de fantasía. Y así era cómo las mataba, las inducía a un profundo letargo, con historias de reyes, traiciones y amores extraños, hasta que su mente inundada de sueños era llevada hasta el más profundo olvido, y morían, entre sueños y pesadillas, acunadas bajo su voz, venía la muerte vestida de calma y mientras sus cuerpos se retorcían entre horribles estertores y sus venas sobresalían, llegaba la paz, ese último aliento entrecortado que abandonaba el cuerpo hasta que este se sumía en la más absoluta oscuridad.

Pero déjame contarte un secreto, él era la propia muerte, disfrazada de un hermoso hombre, un narrador experto, con voz de ángel, pero la propia muerte. Y se llevaba de su mano, a todas esas chicas acunadas por su voz.

Ahora, no pienses que ellas eran inocentes y cándidas. Eran siervas de la propia muerte, sin su permiso ni consentimiento, eran asesinas sin moral ni sentimiento, y si tú, has tenido la mala suerte de cruzarte alguna vez con sus miradas envenenadas de odio y has sobrevivido, has sido afortunado, porque probablemente serías el siguiente en su lista de pretendientes para casarse con la muerte.

Sofía López Rodríguez, estudiante, 18 años, Tourón.

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