Ovidio Montoto Rodríguez. 68 años. A Coruña. Jubilado
22 ago 2017 . Actualizado a las 05:00 h.Dentro de la oscura y solitaria sala se sentaba el Führer. No había podido conciliar el sueño. Sus dedos tamborileaban lentamente sobre la pulida mesa de caoba. La costosa vajilla, ya puesta para el día siguiente, brillaba bajo las primeras luces del alba. El discurso, cuidadosamente mecanografiado, estaba preparado para ser leído. Se levantó, ajustándose el cinturón de la bata y se acercó al enorme ventanal.
La perspectiva nevada de los Alpes bávaros le hizo sentirse incómodamente pequeño. En la terraza, el trípode con la cámara fotográfica de Eva, y el cuenco con la comida de los perros le recordaba la alegre tarde anterior, le recordaba que al fin y al cabo era solo un simple mortal tan necesitado de afecto como el último de sus soldados.
Pasaron muchos minutos antes de que se percatara de que el refulgente disco solar, que asomaba sobre las crestas nevadas, se había detenido en su camino hacia el cénit. Él siempre había tenido la íntima convicción, solo expresada a los más allegados, de que el sol orbitaba sobre la Tierra y el Reich. Y ahora se había detenido. Todo había terminado. Los invitados no acudirían a la cita, la vajilla quedaría inmaculada, el discurso nunca sería pronunciado.
¿Dónde habían ido los jerarcas que le adulaban? ¿Las masas que le vitoreaban? ¿Los niños que le adoraban? Sin poder apartar la mirada de la inmóvil estrella diurna, el Führer se quedó ciego. Entonces, por primera vez, pudo ver su espantosa soledad.