Antía Montenegro Criado. A Coruña. Pensionista
10 ago 2017 . Actualizado a las 05:00 h.María tenía una energía desbordante y en su cabeza bullían tantas ideas románticas, tantos ideales de bondad, tantos proyectos de belleza, tanto entusiasmo por las causas nobles y elevadas que resultaba una perfecta soñadora, idealista sin límites y abierta a todas las fantasías.
A través de su vida y mediante sus sueños fabricó ideas y emociones como una nube inmensa, vaporosa como de algodón, que se extendía cada día en cabelleras blanquecinas que parecían querer volar, mas no lo hacían pues se enredaban, coquetas y juguetonas, formando con sus giros extrañas y raras figuras que la mantenían en un estado de ensueño, una realidad figurada que la aislaba del mundo auténtico.
María era feliz.
El tiempo fue pasando, la joven se convirtió en una mujer adulta y la nube ya no era tan vaporosa. Había engrosado su volumen y había convertido su albura en un tono grisáceo que, aunque transparente, vislumbraba un futuro de oscuro nubarrón, sombrío y amenazador.
Entonces María observó con interés aquella nube que había creado y pensó que era preciso aligerarla para que no siguiera oscureciéndose. Eliminó algunos ensueños que ya no eran adecuados y los cambió por situaciones placenteras. Estaba dispuesta a conservar aquel celaje que le había servido para ser feliz, impregnándolo de realidades cotidianas, para que el futuro pudiera ser tan luminoso como lo había sido el pasado.
Y María siguió siendo feliz.