Marta Sánchez Sánchez. 34 años. Lugo. Teleoperadora
07 ago 2017 . Actualizado a las 05:00 h.Conozco a cuatro amigas a las que les encanta el fútbol, aunque a veces no sea fácil.
Comencemos por el principio. Patri, Tania, Noe y Marta se suelen juntar siempre en el mismo bar a seguir a sus equipos favoritos, para no herir susceptibilidades no diremos cuáles. El objetivo de estas quedadas además de disfrutar viendo ese deporte, es también contarse qué tal las trata la vida mientras toman algo, entablar conversaciones con gente conocida y también intercambiar opiniones con gente que ni se conoce.
Dos de ellas están cursando estudios universitarios y las otras dos ya los terminaron y están integradas en la fascinante, justa y bien remunerada vida laboral. En fin. Como cualquier persona con los pies en la tierra, lo que prima en sus vidas no es precisamente el resultado de ningún partido, pero sí ven en esas ocasiones la oportunidad de evadirse de los problemas diarios y simplemente pasar un buen rato.
En ese bar lógicamente son conocidas, normalmente no hay más representación femenina, pero están totalmente integradas con los hombres porque siempre suelen ser los mismos. Durante los encuentros comentan entre todos las opiniones sobre cómo están jugando, sobre el árbitro y, sobre todo, hablan mal del eterno rival, venga o no al caso. Siempre la misma rutina, con una normalidad muy agradable hasta que la triste realidad te abofetea la cara.
Sucedió un día en un descanso de un partido que salieron a fumar. Estaban comentando entre ellas cuatro la jugada del delantero estrella. Sin invitación ni provocación previa, se acerca un chico que ellas conocían apenas de vista, y se mete en la conversación. Se miraron extrañadas porque con ninguna educación invadió el círculo que ellas formaban y empezó a argumentar en contra del mismo jugador. No fue sorpresa ya que este deporte es pura pasión y subjetividad. La sorpresa fue la demoledora frase final: «Bueno da igual, vosotras qué sabréis si sois mujeres y nunca un balón de fútbol tocasteis».
No se quedaron calladas por falta de respuesta ni coraje, sino por pena. Pena de él.