Nostalgias de tango

Carlos Otero

RELATOS DE VERÁN

Relato de verán de Carlos Otero. 45 años. Cambre

09 ago 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Doña Julia es una señora que sabe bailar el tango. Lo aprendió hace años, allá en el setenta y dos, cuando era moza apuesta y sus ojos respiraban juventud y lozanía. Por aquel entonces vivía en el límite sur del viejo Buenos Aires, cerca de un liceo donde impartía clases de música y literatura a muchachos de tercero. Eso por semana, de lunes a viernes. Pero cada sábado a las cinco, Doña Julia cruzaba la ciudad hasta el veintiocho cuarenta de la avenida Juan de Garay para acudir a su clase particular de tango. Acostumbraba a llegar temprano, con tiempo para recuperar algo de tono en el suave color de los labios y alisar los fuelles del vestido frente al espejo del portal. Luego subía hasta el segundo piso despacio, casi de puntillas, estirando el talle para entrar a la clase con el porte preciso. Y allí, en un salón reconvertido en improvisada pista de baile, Doña Julia se dejaba llevar por aquel maestro bailarín que la tenía presa de tribulaciones poco confesables. Y entre paso y reunión, al arrullo de las voces de Sosa y Gardel, lucía elegante la gratitud de sus gestos y adornaba la mirada con el roce sugerente de sus manos, esperando a que el galán se atreviera algún día a dar muestras de mayor arrobo.

Fue así como, casi por sorpresa, una tarde en la que Buenos Aires se entregaba al rigor de un aguacero invernal, Doña Julia encontró el calor de un beso rendido al compás lento de un viejo tango, cuyas rimas sonaron oportunas inundando la estancia en su justo momento.

Desde entonces hasta hoy ha pasado mucho tiempo. Ahora, lejanos los años de fugaz juventud, Doña Julia ejerce de maestra en un pequeño colegio a las afueras de Vilagarcía. Muchos recuerdan bien el día que llegó en vísperas de la Navidad del dos mil dos, pues en las semanas previas, Avelino Alonso, el patrón de la Julita, salía de casa exultante, pregonando por cada bar y rincón desde Carril a Vilanova que su hija regresaba por fin a casa.

Y si no fuera por su acento al hablar y porque aún llama a los guisantes arvejas y a las habas porotos, cualquiera diría que Doña Julia lleva viviendo en Galicia toda la vida; cualquiera que no la hubiera visto la otra tarde, cuando un músico apostado en el paseo del puerto arrancaba de un violín los acordes de un viejo tango difícil de olvidar. Y rasgados sus recuerdos por aquella melodía de fondo, acristaló su mirada viendo como el sol se ahogaba lentamente en el mar, para servir de atardecer a la otra orilla del Atlántico.