La improvisada escuela de artesanía

Ramón Medina

RELATOS DE VERÁN

Relato de verán de Ramón Medina, 67 años. Santiago de Compostela

07 ago 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Volvió a mirarse al espejo, esta vez de cuerpo entero, reproduciendo ese vaivén de caderas y esa crítica mirada con que su madre se despide al salir de casa, ¿estará adecuada para la ocasión?

Cogió la caja de cartón y muy nerviosa se dirigió al paseo marítimo. Extendió la pañoleta sobre el poyete y sobre ella colocó su artesanía. Al rato, una niña algo mayor que ella se aproximó al puesto tirando del brazo de su madre. Ana se estremeció sintiéndolas tan cerca: emoción, inseguridad, vergüenza. Se notó sonrojada y convencida de que el palpitar de su corazón traspasaría el vestido. La niña cogió una pulsera de conchas y canutillo y la madre demandó precio. Ana pidió dos pesetas pero la señora le dio cinco, no sin antes aconsejarle que subiera los precios. Contestó que ya le ganaba más de una peseta, que las conchas salían gratis, el hilo era barato y solo el broche suponía coste. La señora explicó el valor del trabajo que enriquece la mercancía. Aquel primer día fue un éxito, ¡60 pesetas!

Día a día el negocio florecía. Los amigos, entusiasmados con la experiencia comercial, la acompañaban a menudo. Pasados diez días, siendo el puesto una bulliciosa reunión de alegre gente menuda, Ana comunicó el fin de la aventura. La mercancía se agotaba y la autoridad paterna impedía sustituir playa por producción artesanal. Con lágrimas en los ojos tuvo que compartir su secreto: meses atrás escuchó a sus padres discutir por problemas de dinero, incluso hablaron de suspender el veraneo, pero lo que más le dolía era que con necesidades en casa, ella en nada contribuía. Algunas niñas ofrecieron parte de sus ahorros, pero Josito, que no tenía ni un duro, les expuso su idea. Y así fue, se improvisó en el paseo marítimo una escuela de artesanía donde una docena de pequeños aprendices recibían docencia de una maestra de nueve añitos de edad. Dos días después eran tres los pañuelos que adornaban el paseo marítimo, donde una docena de pequeños artistas exponían su solidaria artesanía.

Terminadas las vacaciones nadie quiso quedarse un duro, la recaudación debía llegar íntegra a los padres de Ana, que eran los necesitados. Llorando a moco tendido Ana fue abrazando, uno a uno, a todos sus amigos. Al entregar en casa mil cien pesetas, sus padres la abrazaron más fuerte que nunca, le explicaron que no tenían problemas económicos y que su colaboración familiar era seguir estudiando. Después, ya solos, lloraron abrazados de pena por el sufrimiento de Anita y de alegría por tener una hija tan estupenda. La fiesta de despedida fue sonada, costó mil cien pesetas.

Hoy Ana, con unos cuarenta años de edad, conserva aquellos amigos y sigue recorriendo el paseo marítimo donde sus hijas exponen artesanía mientras los padres hablan de Grecia.