Payasos a mucha honra... pero jamás diabólicos

Miliki, desde el cielo, seguro que les guiña un ojo. Se dedican a su oficio: hacer reír, no a asustar ni a pelear


pontevedra / la voz

Con la resaca del Halloween -del que se importó de América, que el Samaín es otra historia- todavía fresca, la imagen de los payasos diabólicos sigue bien metida en la retina de todos. Están tan de moda, tanto por lo bueno -quienes se disfrazaron de ello con la única intención de pasarlo bien- como por lo malo -los delitos relacionados con este atuendo-, que hasta parece que nunca hubo en el mundo payasos de toda la vida. De los de la escuela de Miliki y compañía; los que únicamente pretendían hacernos reír y punto. Pero quedan muchos. Vaya si quedan. Bastaba con ir ayer hasta Mollavao (Pontevedra), donde está ya instalado el circo Revolution. Allí, a media mañana, ensayando en la pista, estaban Micael Eugenio Torralvo y Diogo Faria. Ellos son payasos. Y a mucha honra. Pero jamás serían diabólicos. No les da para ello su cara de bonachones. Ni su carácter alegre. Ni quieren serlo. «¿Asustar a alguien? Eso es muy feo, lo que nos gusta es hacer reír», señala Micael. Ambos tuvieron vidas muy distintas. Uno nació payaso. El otro se hizo payaso. Y ambos aman el circo.

Micael, de origen portugués pero en realidad ciudadano del mundo, o de la porción de mundo al que llega la caravana de su circo, toma la delantera en la conversación. Es dicharachero. Y se remonta a varias generaciones para explicar su historia. «Hay algo gracioso en mi familia. Mis abuelos tenían un circo y mi madre actuaba en él, era contorsionista. Mi padre fue un día a ver el espectáculo... Y se enamoraron. Él se quedó ya para siempre en el circo. Y ahora estamos también los tres hijos con ellos», explica. Por tanto, no es una exageración decir que nació payaso. O, al menos, que le viene de cuna el arte circense. ¿Cuándo debutó por primera vez? «Era pequeño, un niño. La verdad es que salí porque quise al escenario, sin que se me esperara, digamos que me colé dentro. Y me gustó». A partir de ahí, empezó a perfeccionar su técnica, hasta convertirse en el protagonista de los números cómicos y de malabares. ¿Pudo estudiar? Cuenta que fue a la escuela en el propio circo, pero que únicamente cursó la educación obligatoria. «Luego es cierto que no hice más. Me gustaría estudiar algunas cosas. Pienso por ejemplo en cosas de márketing, pero siempre aplicadas al circo, que es toda mi vida».

Como titiritero, pisó Francia, Bélgica, Holanda, Marruecos y, por supuesto, España y Portugal. Tiene 19 años. Y sorprende que no eche de menos echar el ancla en algún puerto en el que tener novia o amigos: «Es otro concepto de vida, yo tengo amigos allí donde voy. Aquí en Pontevedra tengo amigos con los que salir, y estos días los veré», dice.

Sentada a su lado, su hermana Patricia le da la razón. Ella tiene 25 años. Y le pasa lo mismo: no entiende su día a día sin el circo en el que actuó por primera vez a los ocho años, haciendo piruetas y el pino. Ahora es contorsionista. Ella tiene pareja que no viaja en las caravanas. ¿Cómo lo lleva? «Bien, siempre podemos vernos en algún momento... Igual algún día se viene de gira», se ríe.

Su risa, que debe ser contagiosa, se dibuja en la cara de Diogo, sentado junto a los dos hermanos. Su caso es distinto. Él no fue niño de circo, ni mucho menos. Es de Lisboa. Y sus padres tienen unos trabajos convencionales, él electricista y ella administrativa. Pero Diogo empezó a cursar estudios relacionados con Bellas Artes, fue a hacer prácticas al Revolution y, con los 18 años que tiene, cree que su sitio en el mundo está en un circo. «Esto es magia, es una maravilla», señala. Dice que su familia, aunque pertenece a un mundo totalmente distinto, le apoya mucho. «A mis padres les gusta que haga esto, están contentos», dice. Por dejar atrás, hasta dejó atrás una novia: «No pegaba con la vida en el circo», señala.

Las anécdotas sobre la pista

Los tres, pertenecientes a un circo que mueve casi a una veintena de personas, cuentan alegres anécdotas sobre el escenario. Micael se acuerda del día que actuó en una carpa prestada, que era de otra compañía, y en la que la pista estaba totalmente humedecida porque había llovido. «No acertaba cogiendo ningún malabar, la gente al principio no se daba cuenta... Pero luego sí. Lo pasé un poco mal, la verdad». Y A Diogo se le viene a la cabeza otra función en la que se cayó arrastrando una bañera y el público aplaudía a rabiar pensando que era una payasada más. Pero no. Le dolía todo el cuerpo. «Yo allí tirado y la gente riéndose muchísimo... Creo que no se notó el golpe que me di», dice.

Como buenos payasos que son, lo único que no les gusta es que la risa no se dibuje en las caras del público. Dicen que, si eso ocurre mientras están en plena faena, se sacan de la chistera un plan b. Y, si tampoco funciona, el plan b del b. «Hay que intentar hacer feliz a la gente. Lo habitual es que se acaban riendo... Casi siempre pasan», dicen. Por eso no entienden el mundo de esos payasos que, en vez de buscar sonrisas, procuran caras de pánico, sobre todo si asustan a los niños. Les gustaría que, como moda que son, se marchen como vinieron. O, a ser posible, haciendo menos ruido.

«¿Asustar a alguien? Eso es feo», señala Micael, a quien le gustaría estudiar Márketing

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