Arturo Domínguez, como Sergio Morate

El autor del crimen de Arbo actuó motivado por su carácter posesivo, el mismo móvil que alentó al presunto asesino de dos mujeres en Cuenca también juzgado esta semana


La semana que acaba de concluir albergó en la Audiencia Provincial de Pontevedra un juicio por violencia de género que concluyó con veredicto condenatorio contra Arturo Domínguez, considerado por el jurado popular culpable del asesinato de su antigua pareja y del nuevo compañero de ella, acaecido en el verano de 2015 en Arbo.

A varios cientos de kilómetros de la ciudad del Lérez, en la Audiencia de Cuenca también se ha venido desarrollando el juicio contra Sergio Morate quien, por el mismo principio de brutal violencia que Domínguez, decidió acabar con la vida de su exnovia y, de paso, de una amiga que le acompañaba, a quienes tendió una trampa mortal.

La conclusión en ambos casos es que el móvil es idéntico: los celos, la incapacidad de individuos como Arturo Domínguez o Sergio Morate, como tantos otros antes, de asumir que la persona con la que han compartido una etapa, tenga derecho a rehacer su vida con otra persona. En suma, el motivo que ha desencadenado cientos de crímenes que tuvieron como víctimas a mujeres que pretendían otra vida al margen de anteriores parejas cuyos comportamientos posesivos y violentos, dinamitaron cualquier viso de reconciliación. El proceso mental de asesinos como los citados y otros tantos, se resume en una frase de un simplismo tan brutal como sus reacciones: «si no es mía, no será de nadie más».

Pruebas frente a silencios

Tanto en el caso de los asesinatos que el jurado concluyo que cometió Arturo Domínguez en O Condado como en el doble crimen de Cuenca imputado a Sergio Morate, se dan más coincidencias. Ambos asesinos premeditaron sus actos. No desencadenaron los crímenes por un impulso sino que obraron conforme a un plan estudiado.

Arturo realizaba seguimientos a su ex y a su nueva pareja y sabía que acostumbraban a buscar intimidad en el monte de A Telleira, cerca de Ponteareas, hasta donde viajaban en coche, normalmente de madrugada. Una vez allí, la pareja fue presa fácil para un cazador avezado que solo precisó sendos tiros a la cabeza para acabar con sus vidas.

En el caso de Sergio Morate también hubo premeditación. Cuando citó a su expareja para, supuestamente facilitarle que recogiera sus pertenencias, ya había cavado una fosa en Palomera y dispuesto un saco de cal viva para eliminar indicios. Morate tuvo un imprevisto: su exnovia Marina se presentó a la cita con una amiga, Laura con la que el homicida no contaba y que le obligó a duplicar sus actos.

Tanto Arturo Domínguez como Sergio Morate no han querido colaborar para el esclarecimiento de los hechos. Ni en la fase de investigación ni en instrucción de los respectivos sumarios y finalmente, tampoco en los respectivos juicios. No quisieron responder a los interrogatorios de las partes. Han optado por guardar silencio y mantener una actitud aparentemente fría y distante como mampara defensiva frente a la lluvia de insultos de los familiares y allegados de las respectivas víctimas. Un mutismo que solo ha acrecentado la animadversión ambiental en torno de ellos.

Su ausencia de colaboración obligó a los equipos policiales a construir en cada caso, una base probatoria amplia para edificar la acusación contra ellos. El rastro de los teléfonos móviles, con las cuadrículas de localización y situación que permiten establecer las antenas, se han revelado como elementos de prueba suficientes, al menos en el caso de Arturo Domínguez, para su condena. En lo que atañe a Sergio Morate, su ADN localizado en una botella de agua mineral en el lugar donde aparecieron semienterradas las mujeres asesinadas, parece suficientemente determinante aunque terminaremos de saberlo esta próxima semana, cuando haya veredicto. Por último otra coincidencia más entre ambos: sus antiguas parejas les tenían miedo pues sabían de sus conductas posesivas y violentas. La ausencia de garantías de protección para esas mujeres y quienes estuvieran a su lado, facilitó la comisión de sus planes a los respectivos feticidas.

Habemus pacto de Estado

Desde julio ya contamos en España con un pacto de Estado contra la violencia de género que plantea 200 medidas cuya ejecución se implementará con una dotación de 1.000 millones de euros a desembolsar en cinco años.

El próximo sábado 4 de noviembre el Pazo da Cultura albergará un análisis sobre el citado pacto que contará con diputadas de los partidos que participaron en el Congreso en su tramitación. Asimismo la jornada contará con la presencia de Paz Filgueira, la magistrada titular del Juzgado de Violencia de Género de Vigo, cuyo compromiso en la defensa de las víctimas no deja lugar a dudas para quienes seguimos su quehacer desde hace años.

Se pretende un amplio debate y valoración del citado pacto de Estado. Después de años clamando por su necesidad, existen dudas entre colectivos de mujeres sobre la auténtica efectividad de todo el paquete de medidas. También es verdad que ya se han celebrado avances como que se tipifique como víctimas de violencia de género a las madres de hijos que han sido asesinados por exparejas para causarles daño a ellas. Es decir, como en el caso de la madre de las niñas de Moraña asesinadas por David Oubel, condenado este mismo año por la Audiencia de Pontevedra con la primera sentencia en que contempla la prisión permanente renovable.

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