El negocio infinito de la valiente abuela Elisa

Una mujer convirtió una caballeriza en Casa Pilán. Ya llovió. Pero en su local todavía sale el sol cada día


pontevedra / la voz

Manolo Muñoz, al que le nacieron los dientes detrás del mostrador de Casa Pilán, un histórico local de comidas ubicado en Cantodarea (Marín), y que está acercándose a la jubilación detrás de la misma barra, sabe bien que tuvo una abuela muy especial. «Era valiente, era», reconoce. Por eso, cuando tiene que contar la historia del negocio que regenta, que con él y su mujer, Montse García, va ya por la tercera generación, narra primero la historia de su abuela, Elisa Rodríguez, que fue quien lo fundó. Y lo hace sin quitarle ningún mérito y señalando que, si bien su abuelo y marido de Elisa, Antonio Muñoz, también buscaba porvenir, ella fue la que impulsó Casa Pilán, hoy convertida en emblema de la restauración en Marín.

Para contar la historia de la abuela Elisa, su nieto Manolo viaja hasta las tierras ourensanas. Porque ella era de allí, de un lugar llamado Dacón. Emigró jovencísima a Argentina y llegó a trabajar de cocinera en casa del gobernador de Buenos Aires. Allí se casó muy pronto con Manuel Muñoz, de O Carballiño, con el que decidió volverse a Galicia. Ambos montaron entonces un negocio para transportar alimentos del interior a la costa gallega y viceversa. «Traían patatas y llevaban pescado seco, por ejemplo», dice Manolo. En Marín, en lo que hoy es Casa Pilán, tenían una caballeriza. Hasta que un día decidieron establecerse ellos también ahí, en las tierras marinenses.

Manuel murió en la pandemia de 1919 y Elisa se quedó viuda muy joven y con cinco hijos. Tiró hacia adelante y, como ocurría antes con mucha frecuencia, terminó casándose con Antonio Muñoz, hermano de su primer marido. Con él tuvo seis hijos más. En total, once pequeñas bocas a las que alimentar.

Así que la abuela Elisa no dejaba de pensar cómo sacarles adelante. Y en aquella caballeriza acabó montando, en 1909, un negocio de comidas al que bautizó como Casa Pilán, haciéndole un guiño al apodo familiar. El local, en cuya fachada prácticamente pegaba el oleaje -de hecho, aún se puede ver en ella una anilla donde se amarraban los botes-, fue convirtiéndose en una clásica taberna portuaria. La familia aún tiene la licencia del franquismo que les permitía abrir las 24 horas del día. Y, lo que es mejor, Manolo Muñoz guarda como oro en paño una anécdota de aquella época: «Las puertas no se cerraban nunca y al estar pegados al mar pues se fueron oxidando y un día, que por una boda o un entierro, eso ya no me acuerdo, hubo que cerrar, era imposible, estaban estropeadas y no se podía».

El tiempo pasó y uno de los hijos de Elisa y su mujer, los padres del actual propietario, se hicieron cargo del negocio hasta su jubilación. «Nuevamente, aunque estaban los dos aquí, mi madre, que todavía vive, fue la que más siguió adelante con Casa Pilán», señala Manolo.

Montse, a los fogones

Cuando sus padres se jubilaron, Manolo, que nació el piso de arriba de Casa Pilán, ahora reconvertido también en restaurante, decidió seguir adelante con el negocio. Lleva ya treinta años tras la barra. No se echa flores a sí mismo. Pero sí a su mujer, Montse, que se encarga de los fogones y de que los platos de la casa sigan siendo un estandarte de calidad y sabor. Porque Casa Pilán pasó de ser aquella taberna del puerto a una casa de comidas que lo mismo saca cien menús del día en una jornada que hace cenas por encargo con las caldeiradas de pescado y marisco o sus famosas cocochas de ralla como platos imprescindibles. «Aquí vienen clientes de todo tipo a comer. Por la semana funcionamos mucho con el menú, con la gente del puerto que viene a comer y también con clientes de otros ámbitos. Los fines de semana tenemos mucho por encargo. Somos conocidos por las caldeiradas sobre todo», indica.

Pero Manolo, que enseña con emoción las fotos antiguas del local, sabe que Casa Pilán es mucho más que un negocio: «Es como si este fuese el punto de encuentro de toda la familia, es como un referente para todos». De hecho, algunos primos y tíos suyos fueron poniéndole ese mismo nombre, el de Pilán, a sus respectivas casas. Y ahora hay inmuebles llamados Pilán hasta al otro lado del océano.

¿Qué pasará cuando Manolo y Montse se jubilen? Por la cara que pone él, es demasiado pronto para hacer esa pregunta. «Fíjate, mis hijos no creo yo que se dediquen a esto, sin embargo nunca hablan de cerrar ni de vender esta casa, seguramente porque para ellos también es importante. Tengo una nieta a la que le gusta mucho esto... a ver qué ocurre», dice. Luego, vuelve a señalar hacia las fotos antiguas del local colgadas en el bar; con el mar de Marín golpeando a Casa Pilán.

Desde 1909

 Dónde está

En Cantodarea, en Marín, justo en el límite entre las tierras marinenses y Pontevedra.

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