La carnicera de Cuntis

Fernanda Tabarés DIRECTORA DE V TELEVISIÓN

CUNTIS

A la carnicera de Cuntis le tocaron el otro día un millón y medio de euros en la lotería de la Once. Llevaba años invirtiendo en números acabados en ocho con la constancia con la que muchas personas tientan a la suerte convencidas de que les seguirá siendo esquiva. Es una especie de ritual que se incorpora con inevitable puntualidad a la rutina aunque en el fondo se desprecie todo aquello que no es fruto del esfuerzo. Si la vida no te ha regalado nada, la fortuna es una excepción que puede resultar inquietante. Puede incluso poner en marcha el mecanismo cósmico de las compensaciones y cobrarse el regalo en monedas más dolorosas. Así que la única forma de evitar que el terremoto se desate es tramitar la buena estrella con el mismo aplomo con el que se ha vivido hasta el día en el que una escúter aparca en la puerta de tu tienda y Elisa, la vendedora de los cupones, te comunica que esta vez el azar te ha sido propicio.

«Vouche ser sincera -confesaba estos días en La Voz la carnicera-. Eu xa era feliz no meu día a día. Só espero poder seguir séndoo. Non quero menosprezar estes cartos. Por favor. Pero a verdade, nós xa tiñamos un negocio, un teito, unha familia... Estamos seguros de que hai xente que os necesita máis. ¿Por que non lle tocaría a eles? Non o sei; tampouco sei por que a nós».

La proclamación de la carnicera es una conjura profunda y definitiva contra la banalidad. Un ejercicio definitivo de sentido común. Una lección de vida. Esa capacidad para reconocer la complexión precisa de la felicidad al margen del dinero. Ese sentido profundo de la justicia que permite detectar de qué material está hecho en realidad el bienestar. Esa reclamación involuntaria de que el mundo debería estar mejor repartido y que la carnicera de Cuntis pronuncia con una lógica aplastante, la misma que tanto echamos de menos en los que tienen encomendada la tarea de hacer el reparto. Ese rebelarse contra las cosas inexplicables que sitúan a unos en el lado bueno de la vida y a otros, en el peor, porque sí.

La confesión de la carnicera de Cuntis continúa. «Todos sabemos que os cartos están ben, pero sen saúde, ¿de que serven? Eu seino ben, que teño dous familiares enfermos. Ao que veña a partir de agora só lle pido saúde para disfrutalo».

Habrá caprichos, claro, en la nueva vida de la carnicera. Excesos financiados por esa maniobra extraña de la suerte que por una vez decidió atender a quien en realidad no creía en ella, a quien la pretendía unicamente con la tensión precisa, sin perder la perspectiva. «¿Un capricho? Ao mellor unha casiña, que non casaza. Unha ben feitiña, sen máis. Tamén comer un churrasco de vez en cando, cando non teña ganas de cociñar».

Una casa ben feitiña y un churrasco de vez en cuando. Puede que la felicidad esté más cerca de lo que pensamos. Aunque para detectarla haya que entrenar toda la vida.