Por san Roque se cumplieron 20 años del disparo con el que el Rambo Gallego asesinó al cuntiense Manuel García Varela. Su familia sigue recordándolo cada día y aún no ha obtenido una explicación del fatal suceso
28 ago 2016 . Actualizado a las 05:00 h.El 18 de agosto de 1996, sábado, concurría la fiesta de San Roque, en Cuntis. Alfredo Sánchez Chacón, más conocido como el Rambo gallego, le pegaba un tiro a quemarropa a Manuel García Varela. Fue tan simple, tan fugaz y tan doloroso, que aún hoy parece un mal sueño. El Rambo gallego, visiblemente borracho, entraba y salía de un bar del lugar increpando a la clientela. Manuel García, de 24 años, cansado de la situación le plantó cara. El asesino salió del bar, cogió un revólver y sin mediar palabra lo mató. Su hermano Juan Carlos estaba allí delante. El jueves, estaba limpiando su tumba, en el cementerio de Cuntis. Han pasado dos décadas, varias fugas y muchas lágrimas.
«Houbérase casado o ano seguinte, en agosto. Pero morreu uns días despois daquel disparo. Dende aquela veño aquí, case tódolos días a limpar a súa tumba, cambiar as flores e esas cousas...». Habla Elena, madre de Manuel y Carlos, que hace unos días también estaba delante del nicho de su hijo asesinado. «Dúas cartas cheguei a escribirlle ao Rambo este, ao Chacón. Quería saber por que o matou, quería que me recibira. Aínda hoxe, vinte anos despois, teño a dúbida. ¿Por que o matou? ¿Quen llo mandou?».
En la foto que contiene el nicho de Manuel se observa a un rapaz, casi hombre, delgado, guapo, con futuro. Todo se esfumó con un disparo. Su familia tuvo que devolver el camión recién comprado que iba a conducir el joven de 24 años de no haberse cruzado con Chacón aquel san Roque.
«Moitas veces nos preguntamos por que nunca se fixo unha manifestación por Manuel, ou loito oficial. Nunca, nada», narra Juan Carlos. Su relación con el resto de vecinos y el pueblo en general se fue enfriando. Él sostuvo a su hermano aquella noche. Vio como le disparaban a bocajarro, sin miramientos. «No era mi hermano, era mi amigo», puntualiza.
«Matouno a traizón, ¿sabes? De cara non houbera tido huevos a ir por meu fillo. Era delgado pero estaba forte, era subcampeón galego de karate, cinturón negro», cuenta Elena mientras su hijo sella las grietas del nicho y pasa un trapo al cristal que protege el rectángulo. «Era unha persoa feliz. Tiña moitas cousas. Moza, un bo coche, traballo, andaba sempre cantando...».
Han pasado veinte años y la foto de Manuel se mantiene impoluta, casi como si lo hubieran enterrado ayer. Por el camino su madre sobrevivió a un cáncer. «¿Sabes que le dijo la doctora? Que era una lástima que estuviera muerta en vida. Que el cáncer no era el peor de sus males. ‘Usted tiene una cicatriz en el pecho que se le nota, y no se puede tratar’», salta Juan Carlos. «O cáncer non foi nada comparado con enterrar o meu fillo», señala la cuntiense.
Su novia se casó hace unos cinco años. Invitó a los que se hubieran convertido en sus suegros y cuñados quince años atrás. La hija de Elena no fue capaz de ir. No podía quitarse a su hermano de la cabeza.
«Llevo ya veinte años que llega el día 18, dan las cuatro de la mañana en el despertador y no doy dormido», confiesa Juan Carlos. Luego el silencio. «Yo estaba allí con él. Me lo comí y me lo bebí. Eramos uña y carne. Siempre iba con él, a cualquier lado».
«¿A Chacón? Deséxolle o peor do mundo», dice la madre. El pasado 8 de agosto, el preso Alfredo Sánchez solicitó una celda individual en la cárcel asturiana donde cumple condena. Rambo pidió perdón a la familia durante su juicio. También mantuvo una actitud agresiva y llegó a insultar a la jueza presente, «me tratas como un animal de circo, perra de mierda».
Juan Carlos se limpia las manos de la masilla de las grietas, Elena coloca la figura de una virgen y una pequeña vieira. Han perdido la cuenta de las veces que lo han hecho.