Del Penedo a Sevilla por el divorcio

María Antonia Pereira fue una pionera que en el siglo XVIII solicitó al rey que anulase su boda para hacerse monja; su localidad natal acaba de rendirle tributo

La escultura de la monja del Penedo, hecha con granito y bronce, pesa más de dos toneladas y mide metro y medio (sin pedestal).
La escultura de la monja del Penedo, hecha con granito y bronce, pesa más de dos toneladas y mide metro y medio (sin pedestal).

cuntis / la voz

Los vecinos de Cuntis celebraron ayer el regreso de su hija pródiga, la monja del Penedo, que completó su última peregrinación para presidir eternamente la rúa Igrexa, que un día llevó su nombre. En su lucha por romper su matrimonio, hacerse religiosa y fundar la orden de la Virgen del Carmen en Galicia, María Antonia Pereira Andrade llevó con orgullo el nombre de Cuntis en sus múltiples viajes.

La travesía más dura a la que se enfrentó «a monxiña do Penedo», como ella misma se hacía llamar en muchos de sus escritos, fue la que le llevó a cruzar la península de norte a sur para reunirse con el rey de España. En la década de 1730, María Antonia Pereira residía en Baiona con su marido e hijos pero su convicción de tomar los votos de monja la llevó a emprender un viaje de 750 kilómetros a pie hasta Sevilla para solicitar audiencia ante el rey Felipe V. Tras varias semanas de caminata, sin recursos y con la única ayuda de la beneficencia, Pereira Andrade llegó a la ciudad hispalense y logró un encuentro con el monarca al que le rogó romper su matrimonio para ingresar en la orden de los carmelitas.

Ni la revelación divina que llevó a María Antonia a poner su vida al servicio de Dios, ni las súplicas de la cuntiense al Borbón sirvieron para convencer al rey, que no aprobó el divorcio hasta que el marido e hijos de la cuntiense apoyaron la decisión para ingresar también en la Iglesia

Liberada del matrimonio, la monja del Penedo se embarcó en otra aventura: fundar el convento de los carmelitas en Santiago de Compostela. Con el beneplácito de la Iglesia y de la corona, María Antonia viaja a la capital gallega. Allí reúne a las monjas de su recién formada congregación y comienza a trabajar en la construcción del convento. Sin embargo, el arzobispo compostelano, sabedor de las circunstancias personales de la monja cuntiense, se enfrenta a ella y acusándola de indecente la expulsa de la urbe compostelana.

La monja del Penedo se traslada a Madrid, donde continúa sirviendo en la orden de los carmelitas y cultivando su carrera de escritora mística hasta que en 1750 consigue regresar a Santiago de Compostela y con la ayuda de frailes y monjas carmelitas, establece el convento de la Virgen del Carmen y es nombrada primera prior.

Atención de los vecinos

Desde el 1710, año en que abandonó su Penedo natal para afincarse en Baiona, María Antonia solo pudo visitar la villa termal en una ocasión. En el año 1931, haciendo escala en una de sus innumerables peregrinaciones entre Baiona y Santiago, la monja se hospedó en los Baños de Cuntis. Recogen las crónicas de la época, que los vecinos al descubrir que la ilustre monja estaba en la villa se agolparon en las puertas de las termas solicitando la atención de la religiosa para que los aliviara de las enfermedades y dolores que atormentaban a los campesinos.

Aunque María Antonia nació en O Penedo, la llegada de su familia a esta aldea cuntiense es también singular. Su abuelo, Domingo do Campo, era de Troáns y fue requerido por Felipe II para luchar en la guerra de Flandes. Allí, el guerrero cuntiense se enamoró locamente de una doncella de la corte de la hija del rey. Al acabar la guerra, la pareja regresó a España con la intención de visitar a unos familiares que la doncella tenía en el interior de Galicia.

Viviendas y molinos

Impactados por la belleza de las tierras de Breogán, el matrimonio decidió regresar a Cuntis e instalarse en una floreciente aldea a orillas del río Umia, O Penedo. Allí, la flamenca (así era conocida por los vecinos de Cuntis la doncella de Flandes) y Domingo do Campo construyeron viviendas y molinos y formaron una familia. En el año 1700, en el lugar que hoy se encuentra invadido por la vegetación, nacía la nieta y más ilustre vecina de Cuntis: María Antonia Pereira Andrade, la monja del Penedo.

Como un presagio de su vida adulta, los primeros años de María Antonia fueron muy complicados. Su padre le impidió ir a la escuela y la recluía en su casa. En 1710 abandona Cuntis, al que regresó ayer por última vez convertida en piedra y como un icono imborrable de la historia del municipio.

Hacer la escultura «fue un reto»

El escultor Manuel Vilaverde, afincado en Cuntis, fue el encargado de tallar en granito la imagen de la monja del Penedo. Esculpir en piedra a un personaje tan importante en la historia de la villa a partir de un simple retrato, «fue un reto», afirma Vilaverde, que se inspiró en el cuadro que preside la tumba de la monja en el convento de Santiago. Añade Vilaverde que se trata de «una escultura compleja, con muchos elementos que integrar y fue muy laborioso».

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